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01 de junio de 2005

A pesar de ser el fenómeno económico de Latinoamérica, Brasil aún lucha por decir adiós al hambre y dejar de ser el país con la peor distribución de la riqueza de la región y uno de los más violentos del mundo. A las afueras de São Paulo, el municipio de Diadema, en cuyo sindicato metalúrgico se inició el presidente Lula en la política, muestra el camino del éxito, logrado gracias al trabajo en equipo de las autoridades, los expertos y los ciudadanos.

Oposición: manifestación antiturca de la Liga Norte en Italia.
 

A finales de los 70, en las calles mal iluminadas y sin asfaltar de Jardim Campanário, fue surgiendo un nuevo asentamiento en las orillas del barrio de Diadema, a las afueras de São Paulo: una mezcla de casas rudimentarias de ladrillo hueco y chozas de madera, un revoltijo de vidas inmigrantes que se convirtió en una comunidad. Fueron días de construcción febril y confusión en la periferia de la capital económica de Brasil, y un estallido de invasiones de tierras y parcelaciones ilegales triplicó la población de Diadema en dos décadas. Las mañanas de lluvia, la gente salía de casa con dos pares de zapatos porque las calles de tierra se convertían en ciénagas. Pero el lodo no era lo más aterrador del camino al autobús. A veces veían, arrojados junto al sendero, cadáveres acribillados.

Los muros mostraban pintadas con los nombres de los escogidos para morir asesinados, obra de voluntarios (justiceiros) que mataban a quienes, según ellos, alteraban el orden. En 1990 asesinaron a siete estudiantes en una plaza cercana a sus casas. Varias personas presenciaron los ataques, pero los asesinatos quedaron sin resolver. Regía la ley del silencio. En 1999, la violencia de São Paulo empequeñecía las cifras de ciudades como Nueva York, donde se cometieron 667 homicidios aquel año. En el área metropolitana de São Paulo, en esos 12 meses fueron asesinadas 11.455 personas, en medio de un clima de negligencia por parte de las autoridades federales, estatales y municipales.

Mientras tanto, en Kosovo, entre 1998 y 1999, murieron por la guerra civil y la limpieza étnica 2.000 personas, lo que fue suficiente para desencadenar una intervención de la OTAN. En Perú, unas 30.000 personas perdieron la vida en la insurrección de la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso, pero fue a lo largo de 10 años, mientras en el Gran São Paulo el mismo número de muertes se producía sólo en tres años.

           
Entre 1999 y 2003, el índice de homicidios se redujo a la mitad, gracias a la movilización de los ciudadanos, el Gobierno estatal y el local
           

Desde entonces, la población de Diadema ha aprendido que una epidemia de homicidios es terrible, pero que la tolerancia es mucho peor. En 1999, el índice de asesinatos en Diadema fue de 141 por cada 100.000 habitantes, uno de los mayores del mundo. Cuatro años más tarde, en 2003, se había reducido a la mitad, gracias a la movilización de los ciudadanos, el Gobierno central y el local. En 2000, el Instituto Fernand Braudel de Economía Mundial se incorporó a una movilización cívica para terminar con los asesinatos y organizó un foro sobre seguridad pública, que se reunía una vez al mes en las cámaras del Consejo Municipal con los responsables de la policía local y dirigentes cívicos, políticos y religiosos.

Diadema ocupa una pequeña área (30 kilómetros cuadrados) de colinas encajonadas entre los gigantes de São Paulo y São Bernardo. Sus 376.000 habitantes no son más que el 2% de la población del Gran São Paulo, pero posee la segunda mayor densidad de población de Brasil. En 1947, la apertura de la primera carretera moderna al cercano puerto de Santos, la Via Anchieta, hizo que se establecieran numerosas fábricas en el barrio de ABCD, a las afueras de la gran ciudad, que se convirtió en la mayor concentración industrial del país. Los inmigrantes, llegados en oleadas, levantaron chabolas en las colinas y los valles de Diadema para vivir cerca de las fábricas.

Cuando se convirtió en municipio, una década después, y se emancipó de São Bernardo, estaba ya en marcha un aumento de la población que acabó con la tranquilidad de sus bosques, pequeños huertos comerciales y casas de fin de semana. La escarpada topografía ofrecía vistas panorámicas desde lo alto de las colinas, amplios espacios que se fueron cubriendo de chabolas a medida que se constituían 192 favelas (barrios de infraviviendas). Los colonos, obligados a coexistir con la violencia, eran en su mayoría trabajadores que pretendían vivir y criar a sus hijos decentemente y que tenían que hacer frente a inundaciones, corrimientos de tierras, calles sin pavimentar, falta de iluminación y una enorme fragilidad económica.

Una imagen moderna: aunque sigue siendo un municipio pobre, el perfil de Diadema recuerda a muchos barrios industriales del Primer Mundo.
Una imagen moderna: aunque sigue siendo un municipio pobre, el perfil de Diadema recuerda a muchos barrios industriales del Primer Mundo.
 

El área metropolitana de São Paulo experimentó el crecimiento de población urbana a largo plazo más intenso de la historia, pasando de 31.000 habitantes en 1870 a 18 millones en 2000, a un ritmo anual del 5%. Entre 1940 y 1960, la población de São Paulo propiamente dicho creció un 171%, y la de su periferia, un 364%. En los 60 y 70, la metrópolis absorbió a dos millones de inmigrantes. La incapacidad de las instituciones para hacer respetar las leyes de propiedad y los derechos humanos contribuyó al crecimiento desordenado y la oleada de homicidios en los alrededores de la ciudad. El relajo policial tuvo dos consecuencias evidentes. Primero, dejó hueco para el espíritu emprendedor de los inmigrantes que, de la nada, crearon comunidades con cientos de miles de personas construyendo sus propias casas que, pese a su ilegalidad, se transformaron en barrios, con panaderías, carnicerías, mercados, bares… Al mismo tiempo, esa libertad de actuación casi total permitió que la violencia fuera un instrumento para imponer la propia voluntad con total impunidad.

UN ‘SALVAJE OESTE’
La periferia del Gran São Paulo adquirió la triste fama de ser una especie de salvaje oeste. Diadema tenía ciertos rasgos típicos de la vida de los pioneros comunes a otras experiencias anteriores de asentamientos: formas precarias de ocupación territorial, ausencia de gobierno y una organización local débil.

En su estudio sobre los elevados índices de homicidios en la Inglaterra del siglo xiii, James Given llegó a la conclusión de que la violencia era peor en las regiones pioneras con instituciones débiles; por ejemplo, en el bosque de Arden. Los principios de la violencia pionera también cuajaron en el lejano oeste de EE UU tras la guerra con México y la de Secesión, gracias a la difusión del Colt de seis disparos, que sembró el terror en las ciudades que nacían al oeste del río Mississippi. Y, del mismo modo, la proliferación de armas espoleó los asesinatos en Diadema y otras zonas de la periferia de São Paulo. Es el mismo tipo de violencia que hoy caracteriza las muertes y los robos de tierras en la Amazonia.

El poder de los justiceiros duró casi dos décadas. Sus ejecuciones tenían buena acogida porque las víctimas eran los presuntos autores de los robos, asesinatos y extorsiones que sucedían a diario en los barrios salvajes de la periferia. En Diadema, los criminales vivían al lado de las víctimas, y los vecinos consideraban que los pistoleros complementaban la labor de la policía, que empleaba claramente el asesinato como método de mantener el orden. Algunos justiceiros eran agentes o contaban con el permiso informal de la policía para matar. Las autoridades, en vez de ayudar a apagar las llamas y garantizar el imperio de la ley, echaban leña al fuego y fomentaban la violencia. La abundancia de armas, la densidad demográfica y la juventud de la población empeoraban aún más las circunstancias.

Según un policía que detuvo e interrogó a muchos justiceiros, sus biografías eran siempre iguales. Todos empezaban a matar por algún trauma personal: una familia ofendida, un hogar asaltado, una mujer violada… Averiguaban quién era el culpable y mataban para vengarse. Los comerciantes locales se enteraban de lo sucedido y pedían al asesino que se convirtiera en una especie de sheriff del barrio. Pero todo eso, según explica el agente, se les subía a la cabeza y empezaron a cobrar a la gente por el derecho a caminar por la calle. Su poder sobre la vida y la muerte se volvió desmedido.

En 1982, Diadema alcanzó el primer puesto en el índice de homicidios entre los 645 municipios del Estado de São Paulo, y permaneció en él hasta 2000. Los asesinatos se toleraban en silencio. Hasta que llegó un momento en el que dejaron de soportarse. La población y las instituciones públicas modificaron su actitud respecto a los asesinatos y empezaron a oponerse al régimen de violencia. Poco a poco, las nuevas estrategias produjeron resultados, pero el progreso fue gradual e irregular.

Batalla por las tierras: la policía desaloja a los colonos de Vila Socialista, en Diadema, en 1990, lo que desata violentos enfrentamientos.
Batalla por las tierras: la policía desaloja a los colonos de Vila Socialista, en Diadema, en 1990, lo que desata violentos enfrentamientos.
 

DESALOJOS CONFLICTIVOS
El rápido crecimiento de la población y los asentamientos ilegales explican gran parte de esta violencia. En 1970, Diadema tenía 79.000 habitantes. Una década después, eran 229.000. Las agencias inmobiliarias subdividían áreas de 500 metros cuadrados, que eran difíciles de vender en bloque, en parcelas más pequeñas que tenían mucha demanda, con lo que, de la noche a la mañana, creaban nuevas densidades independientemente de las ordenanzas.

En la zona sur de la metrópolis, más de dos millones de personas viven ilegalmente junto a embalses que se supone que deben estar protegidos por unas leyes ambientales que no se hacen respetar. La ocupación de las orillas de las lagunas fue un problema político para posteriores gobiernos del Estado de São Paulo. Ningún organismo oficial tuvo valor para interrumpir esa invasión. Aunque la especulación de terrenos era un buen negocio para las inmobiliarias, también beneficiaba a los inmigrantes que querían tener casa propia y dejar de vivir de alquiler. Asimismo, era una forma de obtener votos para los políticos. Cuando Gílson Menezes, del Partido de los Trabajadores, el de Lula (PT, ahora en el Gobierno), fue elegido alcalde de Diadema en 1982, pensó que aquello era el principio de una revolución socialista y que los invasores de tierras eran aliados. El crecimiento repentino y el caos subsiguiente crearon incontables oportunidades y motivos de conflicto. En un entorno tan competitivo –en el que, además, los asesinatos solían quedar sin castigo– los que mataban tenían más derechos que quienes no lo hacían. En los 90, hubo grupos que se enriquecieron vendiendo chabolas. En algunos casos encabezaban una invasión, luego se peleaban con uno de los compradores, le mataban y vendían su chabola a otra persona.

Desde 1983, todos los alcaldes del municipio han sido del PT (fundado en 1979 en São Bernardo) o disidentes que habían abandonado el partido, que proclamó su intención de satisfacer las necesidades olvidadas de la población. Sin embargo, la falta de infraestructuras y servicios básicos era tan acuciante que el problema de la violencia quedó relegado. Se urbanizaron las favelas y se ensancharon, pavimentaron e iluminaron las calles. Al final, los políticos empezaron a darse cuenta de la confusión que habían creado. Aunque las invasiones prosiguieron en los 90, durante el segundo mandato del PT disminuyeron. Los organizadores de las ocupaciones, que habían tenido libertad absoluta cuando Menezes era alcalde, dejaron de tenerla después.

La ‘ley seca’

En toda la periferia de São Paulo proliferaban unos pequeños bares llamados botecos, a menudo instalados en chabolas y garajes. En muchas comunidades eran los únicos lugares de reunión y ocio, pero también el escenario de muchos asesinatos. A finales de 2001, se propuso al Consejo Municipal una ley que ordenaba cerrar los bares a las once de la noche, dado que muchos homicidios ocurrían entre esa hora y las dos de la mañana. Se preveían problemas, porque muchos propietarios controlaban los distritos y eran amigos de concejales. No obstante, en marzo de 2003, después de un largo debate, el consejo aprobó unánimemente la llamada ley seca, que entró en vigor en julio de ese año.

En agosto, cuando empezó a aplicarse, sólo se notificaron ocho asesinatos, un brusco descenso respecto a las medias mensuales anteriores, de entre 30 y 40. El bar City Club, también conocido como Fecha Nunca (No cierra nunca), había sido escenario de muchas muertes. Cuando su dueño se resistió a la nueva ley, lo cerraron y nunca volvió a abrirse. La gente se dio cuenta de que Diadema ya no era tierra de nadie. Algunos bares provocaban problemas porque vendían drogas: su cierre disminuyó el tráfico. La reducción de los homicidios se notó sobre todo en las horas posteriores a las once de la noche. Seguía habiendo asesinos, pero las instituciones públicas redujeron la posibilidad de conflictos y obligaron a los criminales a pensárselo bien antes de actuar.

 

Lo más decisivo fueron los desalojos de las tierras privadas ocupadas en los barrios de Buraco do Gazuza y Vila Socialista, que causaron un revuelo político pero demostraron que el gobierno municipal trataba de hacer respetar la ley. El desalojo de Vila Socialista provocó batallas con la policía y la muerte de tres personas en 1990. El concejal del PT Manoel Boni, uno de los líderes ocupantes, sufrió la amputación de su mano derecha cuando explotó el cóctel molotov que llevaba. La disputa por los desalojos en Buraco do Gazuza produjo la salida del PT del vicealcalde y varios concejales que apoyaban las ocupaciones. Pero el diálogo continuó. El ayuntamiento, 45 días después de la invasión, aceptó ceder la mitad de la tierra a los nuevos colonos y construir, en la otra mitad, una guardería, una escuela y un centro comunitario. Sus pobladores prosiguieron las movilizaciones para obtener agua corriente, electricidad y asfaltado, y menos de diez años después de la invasión, la comunidad estaba consolidada.

Los problemas legales habían hecho que los vecinos se unieran y se organizaran para emprender negociaciones políticas. Las mejoras urbanas en las favelas ya pobladas se convirtieron en la prioridad de los gobiernos municipales, que se involucraron más en las barriadas e impulsaron políticas que, con el tiempo, ayudaron a reducir el crimen. El alivio de la presión demográfica, tanto en Diadema como en el resto de la metrópolis en los años 80, permitió que las instituciones públicas asumieran de forma gradual las funciones que les correspondían. Al proceso contribuyó también, poco a poco, el control de la inflación crónica a partir de 1994.

Sin embargo, a partir de 1995 hubo, paradójicamente, un nuevo aumento del número de homicidios, que pasaron de 112 por cada 100.000 habitantes a 141 en 1999. Los empleados municipales que trabajaban en las comunidades detectaron la aparición de una nueva actividad criminal. Aquel año hubo mucho movimiento de compra y venta de parcelas en distintas partes de Diadema que se estaban urbanizando, y los terrenos se vendían a precios muy superiores a lo habitual. "Investigamos y descubrimos que los traficantes de drogas estaban instalándose en Diadema y comprando locales para abrir negocios", recuerda Regina Miki, que entonces legalizaba títulos de propiedad de las parcelas y ahora es secretaria de Defensa Social del ayuntamiento. Fue la época en la que la epidemia de crack barato se estaba extendiendo por toda la periferia. Las disputas por el territorio y los mercados encendieron un nuevo ciclo de violencia.

Un mundo injusto: un niño refugiado afgano en Pakistán.
Un cambio saludable: imagen actual del complejo deportivo SESI/Diadema, construido donde antes había un vertedero de cadáveres.
 

DESPUÉS DE LA FAVELA NAVAL
El punto de inflexión definitivo fue marzo de 1997, con el escándalo de la Favela Naval, una serie de chabolas a lo largo del fétido canal que separa los municipios de Diadema y São Bernardo. Durante tres noches consecutivas, un aficionado con cámara de vídeo grabó a la policía torturando a jóvenes durante los registros realizados de madrugada en busca de drogas. Envió las cintas al programa de la cadena Globo Jornal Nacional, el informativo vespertino más popular de Brasil. Las imágenes de televisión y las fotos en la prensa, que se difundieron en todo el mundo, mostraban Favela Naval y Diadema como escenarios de violencia y degradación urbana.

En aquellos años, finales de los 90, en la nueva etapa dominada por los traficantes de drogas, los camellos hicieron que Diadema rompiera nuevas marcas de asesinatos durante tres años consecutivos. Pero algunos políticos negaban que fuera una ciudad violenta. La publicidad generada por los malos tratos policiales en la Favela Naval provocó tal escándalo que tuvieron que dejar de negar la gravedad de la situación. El Consejo Municipal formó un comité especial sobre derechos humanos y ciudadanía, al que siguieron otras iniciativas cívicas. Al principio, el objeto del debate era, sobre todo, la policía. De los 10 agentes a los que se veía en el vídeo, seis estaban sometidos a investigaciones internas, y algunos tenían antecedentes penales. Las patrullas hacían de jueces y verdugos, y ejecutaban penas de muerte por su cuenta.

Tras el escándalo, Diadema dejó de utilizarse como destino de castigo para policías corruptos y se envió a profesionales dedicados; la ciudad se convirtió en una especie de laboratorio de seguridad pública. El personal de las unidades de policía civil y militar se cuadruplicó en los años posteriores. Se les asignaron más coches y material. Se aplicaron métodos más eficaces de vigilancia e investigación. Como consecuencia, se encarceló a más criminales y se descubrieron más escondites de secuestradores. La Favela Naval sigue siendo muy pobre. Alrededor de un tercio de los que trabajan se dedica a buscar materiales de desecho. Pero Carlos Antonio Rodrigues, el director de su nuevo centro comunitario, afirma: "El último asesinato que hubo aquí se produjo hace 18 meses. Antes no había habido asesinatos desde hacía tres años. (…) Ahora, nuestros adolescentes pueden estar en la calle hasta las dos o las tres de la mañana con total seguridad".

Por fin, el primitivismo y la violencia en Diadema están dejando paso a la consolidación de las instituciones, las inversiones públicas y la cooperación vecinal. El índice de homicidios ha bajado del máximo nivel (141 por cada 100.000 habitantes en 1999) a 74 por 100.000 en 2003, una mejora del 47% en sólo cuatro años. Según la policía, en 2004 los homicidios disminuyeron un 20% más. Pero el número sigue siendo elevado.

Poco a poco ha habido inversiones públicas en educación, asistencia sanitaria, agua, pavimentación y alcantarillado. Las presiones de los movimientos sociales y la actuación de las autoridades para aliviar la situación de los más pobres han transformado el aspecto de los barrios de la periferia en las últimas décadas. Sin embargo, la instauración del imperio de la ley, la autoridad necesaria para garantizar los derechos civiles, sigue desbordando la capacidad de las instituciones públicas.

           
Después del escándalo de la Favela Naval, Diadema dejó de utilizarse como destino de castigo de policías corruptos, y la ciudad se convirtió en
una especie de laboratorio de seguridad pública
           

ENSEÑANZA DE FUTURO
En el caso de la enseñanza, las escuelas públicas de Diadema trabajan dentro de una cultura del fracaso que domina la educación pública en casi toda Latinoamérica. En 1980, sólo el 8% los niños en Diadema completaba ocho cursos escolares. Casi la mitad de los matriculados abandonaba antes de acabar. Hoy, la educación primaria es casi universal, como en el resto de Brasil. La secundaria se ha extendido a toda velocidad, pero la tercera parte de los adolescentes permanece fuera de las aulas.

Sin embargo, el principal problema es la baja calidad de la enseñanza, que no puede ser eficaz por una mala selección de personal, unos salarios bajos y una formación escasa que atrapan a los profesores en un sistema de incentivos perversos, caracterizado por la negligencia, criterios poco exigentes y falta de responsabilidad. Los raros ejemplos de calidad se deben al heroísmo aislado de unos cuantos enseñantes y administradores. No obstante, ahora hay una oportunidad de dedicarse a mejorar la calidad de la educación pública, ya que el número de matriculados en los colegios ha dejado de aumentar, gracias al descenso de natalidad. Existen 134 escuelas primarias y secundarias en Diadema, en su mayoría gestionadas por el Gobierno estatal. De este modo, las autoridades municipales no necesitan abordar problemas endémicos de la escuela como la violencia, el vandalismo, el tráfico de drogas y armas, el absentismo y las entradas y salidas de profesores y directores y, sobre todo, la mala calidad de la enseñanza.

El 12 de marzo de 2001 murió por disparos un alumno junto a un aula de la escuela Átila Ferreira Vaz, de Diadema. El 23 de marzo, otro en la puerta de la escuela Nicéia Albarello Ferrari. El mes siguiente, dos alumnos fueron detenidos por introducir armas en la escuela Antonieta Borges. Unos días después, dos alumnos sufrieron heridas de bala en el interior de la escuela Mércia Artimos Maron. Ante estos incidentes, un grupo de profesores acudió al Foro sobre seguridad pública, en el ayuntamiento, con el fin de buscar consejo y apoyo. El Foro creó una comisión encargada de investigar la violencia escolar, formada por los dos jefes de policía, el coordinador municipal de Defensa Social, tres concejales de distintos partidos, el responsable de Educación del Consejo Municipal y funcionarios del Instituto Braudel. La comisión intentó visitar, al menos, 10 de las escuelas más violentas en Diadema para entrevistar a profesores y directores de centros. El director regional de escuelas prohibió dichas visitas y dijo que debían contar con la aprobación del secretario de Educación del Estado. Tras una entrevista de dos horas, el secretario dijo que no podía autorizar las inspecciones "para conservar la integridad de los colegios".

           
El ‘camelódromo’, una explanada que se llenaba de vendedores callejeros y era escenario de delitos menores, se ha trasladado a un edificio cubierto, que llaman Shopping Popular
           

En 2004, el Departamento de Educación del Estado abrió los centros escolares a la comunidad para acoger clases, actividades de ocio y deportes en los fines de semana, y eso reforzó las relaciones con el vecindario. Sin embargo, –y aunque sea responsable de seis millones de alumnos– sigue sin tener un solo profesional dedicado a la seguridad escolar. Recientemente, la policía militar ha empezado a patrullar en lo que llaman rondas escolares, que han ayudado a reducir la violencia, sobre todo en las zonas cercanas a las verjas de los centros. Pero los problemas endémicos del sistema persisten.

Es admirable la lucha de algunos jóvenes de Diadema, procedentes de familias pobres, para desarrollar sus facultades intelectuales y profesionales, por su cuenta o en grupos pequeños, y, en muchos casos, utilizando la infraestructura cultural del ayuntamiento. Muchos tienen la tenacidad suficiente para acabar su educación secundaria con clases nocturnas, a pesar de la mala calidad de la enseñanza y la irregularidad lectiva, y luego siguen esforzándose por su formación y ahorran el dinero que pueden para estudiar en universidades privadas y centros de formación profesional de la periferia.

BIENVENIDA, CIVILIZACIÓN
En los tres años posteriores a los sucesos de Favela Naval, los refuerzos policiales no bastaron, por sí solos, para reducir el número de homicidios. La tendencia no comenzó hasta que el gobierno municipal, el consejo municipal y la comunidad se involucraron.

El alcalde Filippi, reelegido en 2000, asumió el reto de reducir las muertes violentas. El ayuntamiento emprendió proyectos conjuntos con la policía. Se crearon depósitos municipales para los vehículos aprehendidos por la policía en los controles, y el ayuntamiento proporcionó las grúas necesarias para facilitar la labor de la policía. Se acondicionaron las plazas más deterioradas y abandonadas y se les asignaron patrullas de vigilancia, con el fin de poder volver a utilizarlas como lugares de ocio. Los coches policiales empezaron a recorrer las escuelas.

La creación de una línea directa con la policía, llamada Disque-denúncia, permitió una serie de pistas anónimas que rompieron la ley del silencio. La gente podía ayudar a las investigaciones policiales sin identificarse. El ayuntamiento empezó a informatizar los datos sobre criminalidad y se instalaron cámaras de seguridad en las principales plazas de Diadema y otros lugares especialmente significativos. Los miembros de la Guardia Municipal, a los que se conoce como los ángeles de la cuadra, patrullan las comunidades de las afueras a pie y en bicicleta.

El descenso de los homicidios en Diadema a partir de 1999 fue la punta de lanza de una disminución general de las muertes violentas en el área metropolitana de São Paulo. Entre 1999 y 2003, el índice de la región descendió un 26%, mientras que el de Diadema bajó casi el doble (47%). Aun así, las tasas de asesinatos del Gran São Paulo (48) y Diadema (74) siguen siendo muy elevadas en comparación con el resto del mundo, sobre todo con ciudades como Londres, París, Tokio y Nueva York, cuyos índices varían entre el 2 y el 7 por cada 100.000 habitantes.

Por ello, estas mejoras recientes no deben ser motivo de celebraciones prematuras. Según el especialista en seguridad pública del Instituto Braudel, el coronel José Vicente da Silva, "un índice de homicidios de 40 por cada 100.000 sigue siendo escandaloso, no se puede celebrar nada que esté por encima de 20. Y para ser verdaderamente civilizados hay que lograr que descienda por debajo de 10".
De todas formas, la disminución reciente de los asesinatos es fruto de un proceso de civilización, aún incompleto, que comprende muchos aspectos, y del que Diadema es representativa, como símbolo de la consolidación de unas comunidades que, de ser asentamientos salvajes, pasan a constituir una sociedad más organizada. Esta compleja evolución incluye cambios demográficos, novedosas formas de cooperación, actuaciones más eficaces por parte de los Gobiernos estatal y municipal, aumentos del consumo, mejora de las infraestructuras y oportunidades culturales, la incorporación de las nuevas tecnologías, la expansión de la actividad económica con numerosas improvisaciones modestas pero importantes y, sobre todo, el esfuerzo de muchas familias para desarrollar un nivel de vida más digno.

Entre 1980 y 2003, la fertilidad de las mujeres de Diadema descendió a la mitad. Ahora, las familias son más pequeñas. Desde 2000, el número de varon es entre 15 y 24 años, el grupo más involucrado en la violencia –sea como víctimas o como agresores–, también ha disminuido, como consecuencia. Así, las familias pueden gastar más. La mayoría de las casas están equipadas con electrodomésticos, como televisiones, frigoríficos… Los supermercados y los sacolões (que venden al peso) se extienden en intensa competencia y están abaratando el coste de los alimentos y mejorando la dieta. Los problemas de comunicaciones de las personas con bajos ingresos son menores, gracias a la difusión de los teléfonos móviles y el abaratamiento de las líneas fijas. El transporte público ha mejorado con la modernización de los autobuses y la construcción de dos grandes terminales interurbanas, que enlazan rápidamente con la red de metro de São Paulo.

El espacio público a merced de la violencia es cada vez menor. En el borde de Jardim Campanário había un solar municipal vacío en el que se cometían asesinatos y se abandonaban cadáveres y carrocerías de coches robados. Ahora, en este espacio se levanta SESI, un complejo deportivo con piscina. El camelódromo, una explanada en el centro de la ciudad que se llenaba de vendedores callejeros y era escenario de delitos menores, se ha trasladado a un edificio cubierto, bautizado como Shopping Popular. Hay ya 31 sucursales bancarias y muchas pequeñas empresas que sirven de corresponsales y mediadoras en las transacciones con los grandes bancos. Los puestos de trabajo en la industria han crecido un 10,5% en 2004, el doble que en el resto del Estado de São Paulo. Además, cuenta con 13 bibliotecas públicas, un centro cultural en cada barrio, programas de gimnasia para mayores, un refugio para víctimas de la violencia doméstica, 2 hospitales y 22 centros de salud, 9 campos de fútbol, 6 gimnasios y más de 40 canchas de baloncesto y voleibol.

Es fácil exagerar los progresos vividos en Diadema. Sus amplias avenidas centrales, terminales de autobús, supermercados, locales de comida rápida y concesionarios de automóviles no dan ya la impresión de una ciudad pobre. Sin embargo, las cifras de homicidios siguen siendo altas, y en 2000, los ingresos mensuales medios de los cabezas de familia en Diadema eran la mitad que en São Paulo. Pero Diadema ha demostrado que el problema de la violencia se puede controlar con bastante rapidez si hay un esfuerzo político basado en el consenso de la comunidad y una actuación más eficaz de las autoridades. Cuatro décadas después de que comenzara la oleada migratoria de asentamientos precarios ya no es una ciudad atrapada en una espiral de crisis aparentemente insoluble. Por el contrario, es una prueba de la fortaleza de la democracia, que impulsa un proceso de civilización.


¿Algo más?

Este artículo se basa en una investigación de cuatro años de los expertos del Instituto Fernand Braudel de Economía Mundial (www.braudel.org.br, disponible en portugués y en inglés), que dirige Norman Gall. Para conocer más a fondo los problemas sociales y de seguridad de Brasil –y sus posibles soluciones– recomendamos ‘A violência no Brasil requer ações concretas. Segurança publica’ (Braudel Papers, nº 33/2003, la publicación del Instituto), Ranking da criminalidade nos municípios de São Paulo - Dados 2002 , de José Peres Netto, y Nova geografia da criminalidade de Sao Paulo , en el que José Vicente da Silva y José Peres Netto concluyen que las regiones más castigadas por la violencia son las "menos nobles de la periferia, donde a la carestía generalizada se suma la violencia cotidiana de sus habitantes indefensos" (ambos disponibles en la web del Instituto Braudel).

Insegurança pública (Instituto Braudel, 2002) es una interesante recopilación de trabajos sobre la historia de la violencia urbana, entre los que destacan Ação e discurso – sugestão para o debate da violência, de Bruno Paes Manso (sobre los homicidios), o A polícia – Incentivos perversos e segurança pública (sobre las fuerzas de seguridad), de Cel José Vicente da Silva Filho y Norman Gall, y, por último, Pesquisa, cooperação policial e ação comunitária. Um estudo em Diadema , de Cel José Vicente da Silva Filho. Sobre la participación del Partido de los Trabajadores (PT) y los sectores populares en la transición democrática de Brasil, consulte The Worker’s Party and Democratization in Brazil , de Margaret E. Keck (Yale University, 1992). ...

 


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