Por qué el macho tiene que desaparecer.

 

Generalizar sobre las diferencias entre hombres y mujeres viene a ser tan gratificante como meter un brazo en una picadora. El tema está demasiado plagado de controversias, datos contradictorios, emociones muy arraigadas, miedos diversos y propósitos políticos de toda clase. Pero la debacle del modelo hipermasculino y amante del riesgo del capitalismo financiero ha arrojado una nueva luz sobre esta vieja y polémica cuestión: teniendo en cuenta su historial, ¿de verdad deberían estar los hombres dirigiendo el mundo?

Tras rastrear en recientes investigaciones, incluyendo algunas propias, debo decir (aún a riesgo de meter el brazo en la picadora) que la respuesta es probablemente no. Los biólogos que estudian la evolución nos dicen que los seres humanos y los chimpancés son las únicas especies del reino animal en las que los miembros masculinos se unen para cometer actos de agresión contra otros individuos de la misma especie. De hecho, las investigaciones muestran que la selección natural, de manera lenta pero continua, ha recompensado a ciertos tipos de hombres con más descendencia: hombres que forman estrechos vínculos con otros hombres, que usan la fuerza física para conseguir lo que quieren, que carecen de empatía, que están muy motivados para obtener recursos con el mínimo esfuerzo, que están dispuestos a asumir riesgos y que subordinan a los demás a sus intereses. Así es como hoy el 0,5% de los hombres del mundo (y, presumiblemente, las mujeres también) ha acabado siendo descendiente de Genghis Khan.

Estas tendencias masculinas tienen beneficios evolutivos inmediatos y duraderos para los hombres, pero sus consecuencias a largo plazo para la sociedad en su conjunto no son tan saludables. Desde luego, el riesgo, la competitividad, la confianza en uno mismo y la agresión pueden ser apropiados –incluso beneficiosos– cuando se dirigen ...