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El presidente egipcio, Abdel Fatah al Sisi, en Jartum, 2018. ASHRAF SHAZLY/AFP/Getty Images

Las maniobras del Presidente egipcio para someter el sistema judicial del país a su control, evitando cualquier atisbo de oposición dentro de la judicatura.

El arranque del nuevo año judicial 2019/2020 en Egipto transcurrió a principios de octubre sin pena ni gloria. Todos los tribunales del país árabe se desperezaron tras el receso de verano, y los togados recibieron las instrucciones pertinentes sobre sus nuevos destinos de trabajo, en un regreso de lo más ordinario a la plena capacidad.

Al menos, ese hubiera sido el caso si no fuese porque en los meses previos se habían producido cambios vertiginosos en la estructura del sistema judicial y los altos estamentos de la judicatura que la dejan sometida a los dictados del ex mariscal Abdel Fatah al Sisi.

Al frente de todos los principales órganos judiciales se encuentran ahora, por primera vez, figuras apuntaladas abiertamente a dedo por el rais, que a la vez pasará a presidir el organismo encargado de supervisar la judicatura. Una nueva acumulación de poder que supone su última maniobra de trascendencia para subyugar el Estado a sus designios, en detrimento de la débil separación de poderes que había sobrevivido su primer mandato.

Durante los primeros años de Al Sisi al frente de Egipto, en los que cualquier atisbo de oposición topó con su puño de hierro, parte de la judicatura había sido capaz de conservar una cierta autonomía que le permitió en ocasiones mantenerle el pulso a un ex mariscal poco avezado a este tipo de reveses. Se trataba de una continuación del Egipto en el que “no hay una justicia independiente, pero en el que a veces hay jueces independientes,” como definía el experto jurídico egipcio Negad el Borai. El caso ...