Miembros desmovilizados del ELN (Ejército de Liberación Nacional) llegan a Cali, Colombia, julio de 2013. STR/AFP/Getty Images
Miembros desmovilizados del ELN (Ejército de Liberación Nacional) llegan a Cali, Colombia, julio de 2013. STR/AFP/Getty Images

No hay tiempo que perder. La guerrilla y el Gobierno colombiano deben aprovechar esta oportunidad sin precedentes para poner fin al conflicto.

Semanas después de que el Ejército de Liberación Nacional (ELN) anunciara un “anuncio especial” para el 7 de enero, cuando llegó esta fecha fue difícil evitar la sensación de que se había perdido una gran oportunidad para la paz.

Ese día en efecto apareció un vídeo en la página web de aquel grupo guerrillero que celebraba el Quinto Congreso Nacional de esta segunda fuerza insurgente de Colombia, y circuló una “declaración política” donde el ELN ratificaba su apoyo a las negociaciones de paz, sin formular compromisos específicos.

Esto sin duda cumplió con lo de “anuncio”, pero no pareció tan “especial”. Los políticos, los activistas por la paz y los analistas esperaban mucho más. Por ejemplo se había hablado de que el ELN iba a anunciar su renuncia al secuestro, repitiendo así el gesto de las FARC hace tres años, que contribuyó a allanar el camino para las negociaciones en La Habana. O que anunciaría un cese al fuego unilateral similar al que declararon las FARC en diciembre pasado.

Se llegó a especular que el ELN  declararía que las “conversaciones exploratorias” con el gobierno de Santos que viene adelantando desde hace un año habían llegado a su fin, y que pronto empezarían las negociaciones formales (aunque fuera improbable que este  anuncio se diera de forma unilateral).

Pero en lugar de decisiones o de pasos concretos, la declaración del ELN tuvo mucho de simbolismo histórico y una gran dosis de retórica: citó en detalle el manifiesto emitido tras su primera acción militar en Simacota (Santander) el 7 de enero de 1965 ...