No fue la gente, sino un mal sistema, lo que hundió los mercados.  

 

Tenemos la tentación de ver el colapso de Wall Street de 2008, que desencadenó la crisis económica generalizada, como la consecuencia de la idiotez y la avaricia individuales. Esta explicación resulta atractiva desde el punto de vista emocional: en estos tiempos a todo el mundo le encanta odiar y, mejor aún, sentirse superior a los multimillonarios amos del universo. También resulta atrayente desde el punto de vista intelectual. Echar la culpa de la crisis a los errores humanos es mucho más fácil que intentar entender las deficiencias sistémicas que han quedado al descubierto. Pero que algo sea sencillo no significa que sea cierto. Podríamos denominarlo falacia Michael Lewis. Su libro The Big Short merece el lugar que ocupa en la lista de los más vendidos en Estados Unidos; constituye la mirada más sagaz que se ha lanzado hasta la fecha sobre la locura de las hipotecas basura y el intrincado mundo de los productos financieros estructurados que se utilizaron para que esos espantosos préstamos se mostrasen como inversiones seguras. Pero las fabulosas historias de avaricia y estupidez humana que relata Lewis constituyen una base seductoramente peligrosa para entender la crisis económica mundial.

Empezando por la multitud de fondos de alto riesgo que Lewis nos presenta. Es fácil aplaudir a las personas inteligentes que se mantuvieron al margen previendo el fracaso de esas arriesgadas hipotecas basura, y pensar que, si todo el mundo hubiese sido tan listo y se hubiese opuesto, el sistema no habría colapsado. Pero tanto los estudios académicos como la experiencia real de los mercados demuestran que invertir en una burbuja –en vez huir de ella porque explotará– suele ser un enfoque más sensato, seguro y lucrativo.

Se trata de esa ...