Los desafíos de crear un nuevo modelo acorde a las necesidades de la economía internacional del siglo XXI.

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La economía brasileña se enfrenta a desafíos estructurales. Durante los últimos dos años el país ha visto sensiblemente ralentizado su crecimiento. Tanto en comparación con vecinos latinoamericanos como Perú, Chile o Colombia, como con otras potencias emergentes del grupo de los BRICS como China e India, el rendimiento de la mayor economía latinoamericana ha sido pobre.

¿A que se deben estos resultados? Sin dudas a factores tanto exógenos como endógenos. Pero más allá de los reacomodamientos en el contexto económico internacional que indefectiblemente afectan al país, el funcionamiento interno de la economía brasileña convive con cuellos de botella que limitan su capacidad productiva. Entre estos condicionantes se destacan la elevada presión fiscal, la falta de infraestructura, la dificultad para la apertura de nuevas empresas, la corrupción en el manejo del Estado, el bajo nivel de apertura comercial y las trabas burocráticas al comercio exterior. Estos elementos dan forma al denominado “Costo Brasil”, un término ampliamente conocido en el medio local.

La necesidad de superar estas barreras ha llevado al Gobierno de la presidenta Dilma Rousseff a impulsar una serie de reformas que buscan atacar en forma directa estos problemas.

El impulso a la iniciativa empresarial es sin duda un elemento de importancia para el dinamismo de cualquier economía. La mayor o menor dificultad en constituir una empresa puede tornar a un país más o menos amigable para la generación de nuevos negocios. Tanto es así que el Banco Mundial contempla los tiempos, procedimientos y costos de crear empresas como un elemento a valorar en su “Índice de facilidad para hacer negocios”. Actualmente, Brasil se encuentra en el puesto número 183 de los 219 países evaluados. ...