La apertura política y económica birmana hace soñar a muchos con una nueva superpotencia, pero en un país que carece de infraestructuras y de personal cualificado la tarea no será fácil.

 












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Turistas extranjeros en Shwedagon, Yangón, antigua capital birmana. El país está experimentando un aumento del turismo.

 

Birmania está perdiendo rápidamente ese sabor decadente al que se había visto confinada tras 50 años de dictadura militar. Los coches viejos van abandonando las calles y los sustituyen pequeños modelos chinos de colores estridentes. Los teléfonos móviles acechan a las miles de telefonistas que aún ofrecen sus servicios en miles de puestos públicos y que hasta hace poco eran la única forma de llamar en la calle. Los cajeros automáticos y las oficinas de cambio de divisas comienzan a introducirse en el paisaje de la antigua capital, Yangon, mientras que nuevas torres de oficinas se cuelan entre los edificios coloniales.

Todos los ojos están puestos en Myanmar, nombre oficial del país desde 1989. Las reformas emprendidas durante los últimos meses por el presidente Thein Sein han despertado la esperanza de ver nacer una nueva potencia económica en Asia. “Creo que hay una fuerte posibilidad de que Myanmar pueda emerger como un tigre”, aseguró el consejero de la ONU Vijay Nambiar a finales de abril, en referencia a las economías de Corea del Sur, Taiwan, Singapur y Hong Kong, que fueron denominadas como los Cuatro Tigres de Asia por su rápido crecimiento durante la segunda mitad del siglo XX.

Birmania ya había sido la envidia de Asia hasta los 60 cuando era una de las economías más prósperas del continente. Todo terminó con el golpe militar del general Ne Win, en 1962, y su férreo sistema socialista que sumió al país en la pobreza. El régimen intentó abrirse más tarde, pero el centralismo de la junta militar dio poco margen a la iniciativa privada y el país siguió a la cola de los índices de desarrollo. Las violaciones de derechos humanos supusieron además la instauración de sanciones por parte de los países occidentales y Birmania pasó a depender de sus vecinos, especialmente de China.

La apertura política era el requisito previo para volver al mercado internacional y, de momento, el nuevo Gobierno está cumpliendo bien su papel. En menos de un año, ha legalizado al partido de la oposición, la Liga Nacional para la Democracia, liderada por la premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi; ha permitido los sindicatos y ha anunciado que la censura previa será eliminada el próximo 30 de junio. La victoria de Suu Kyi en las elecciones parciales celebradas el pasado 1 de abril, en las que solo había unos pocos escaños en juego, ha sido la prueba definitiva para que los países occidentales comiencen a retirar las sanciones económicas, que de momento han sido suspendidas temporalmente.

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