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En un vuelco monumental que ha revolucionado la política del país, Brasil, por primera vez en décadas, ha pasado de ser exportador neto de personas a ser importador. El cambio, confirmado por las últimas estadísticas oficiales, se ha debido a una serie de factores relacionados por el explosivo crecimiento económico del país en años recientes: la afluencia de suramericanos y asiáticos a la sexta economía del mundo, el regreso de emigrantes brasileños que estaban en lugares como EE UU aprovechando que hay más abundancia de empleo, y la crisis económica europea que envía a numerosos portugueses a trabajar a su antigua colonia (entre enero de 2010 y junio de 2011 se expidieron más de 50.000 visados).

Ahora bien, con el cambio ha llegado la controversia política sobre a quién debe permitírsele entrar. Las cifras son claras: a comienzos de 2012, había alrededor de 2 millones de extranjeros que vivían legalmente en Brasil y aproximadamente 600.000 inmigrantes indocumentados. El interés de los extranjeros es una oportunidad económica para Brasil —se calcula que le faltan entre 200.000 y 400.000 profesionales cualificados en campos como el petróleo, la minería y la tecnología—, pero también un reto político.

El país conserva las firmes restricciones a la inmigración instituidas por el antiguo Gobierno militar del país en 1980, y, aunque es evidente que hace falta una reforma de la inmigración, existe polémica sobre cómo debe ser. Portugal sigue siendo, con gran diferencia, el Estado del que salen más inmigrantes hacia Brasil, seguido de la vecina Bolivia. También está aumentando la población china. Pero el Gobierno brasileño de centro izquierda está estudiando unas reformas que pretenden atraer a 10 veces más profesionales cualificados de los que llegan ahora. Aunque la tasa de paro está todavía por ...