Ni tecnología ni dinero: el principal obstáculo para la transformación
militar de la OTAN es psicológico.


Para entender la actual revolución o transformación de lo militar, recuerden
el segundo intento de EE UU de eliminar al ex presidente iraquí, Sadam Husein,
el 7 de abril de 2003, cuando estaba en un restaurante de Bagdad. En 38 minutos,
las tropas estadounidenses identificaron el blanco, enviaron la información
correspondiente al alto mando, recibieron la orden de atacar y lanzaron una
bomba que no alcanzó a Husein porque había escapado minutos antes, y todo ello
en medio de la niebla de la guerra. En comparación con el primer conflicto del
Golfo, EE UU, Gran Bretaña y los demás miembros de la coalición alcanzaron un
objetivo más ambicioso en la mitad de tiempo, con un tercio de bajas y con un
coste de sólo una cuarta parte. Un resultado que refleja la transformación de
lo militar en el más puro estilo Rumsfeld, con todo lo que ello implica.

¿Qué tienen que ver estos resultados con el futuro de la OTAN? Todo. La verdad
pura y dura es que, con su actual capacidad bélica, la Alianza no podría combatir
al mismo nivel que los estadounidenses en Irak. La ex secretaria de Estado,
Madeleine Albright, afirmó que, de haber ganado Al Gore las elecciones de 2000,
Estados Unidos y la OTAN habrían emprendido juntos la guerra de Afganistán.
Desde una perspectiva militar, esta afirmación es cuestionable. Las divergencias
entre Washington y sus aliados en Europa y Canadá en lo referente a psicología
o mentalidad militar corren el riesgo de agrandarse rápidamente. Para EE UU,
la OTAN ha dejado de ser un instrumento al que recurrir en primera instancia,
y no lo será hasta que Europa y Canadá no mejoren la calidad de sus medios y ...