El  país asiático emprende una programa a gran escala de ingeniería social y urbana sin parangón.

Una mujer pasea por las calles de la ciudad de Zhengzhou, China. AFP/Getty Images


Wudianshi es una de las reliquias arquitectónicas de la cultura de Minnan, en el sur de China. Los tejados apuntan de forma oblicua al cielo, para no ofender a los espíritus, y los elegantes patios interiores aprovechan la luz y las temperaturas templadas de la provincia de Fujian. Se trata de un complejo poblado hoy en día por casas de té, salas de concierto de música folclórica y antiguas residencias de comerciantes transformadas en museos. El gobierno local de Jinjiang todavía está en proceso de remozar la zona, que apenas ocupa un kilómetro cuadrado. A su alrededor, hasta donde alcanza la vista, se levanta un frío paisaje de hormigón y asfalto, una ciudad de 1,5 millones de habitantes construida a toda prisa sobre las ruinas de una herencia cultural de siglos, una urbe indistinguible de los otros cientos que componen el país asiático.

Jinjiang es un buen ejemplo del tipo de destrucción urbana que el primer ministro chino, Li Keqiang, ha apelado recientemente a frenar. Debemos "proteger los monumentos histórico-culturales, los paisajes naturales, y evitar que todas las ciudades tengan la misma fisonomía", aseguró Li en su informe de Gobierno ante la Asamblea Nacional Popular. Pero Jinjiang, el mayor clúster mundial del zapato deportivo -produce el 20% de las zapatillas del planeta- es también un ejemplo de las centenares de ciudades de tamaño medio, desconocidas por completo fuera de China, que están marcando el ritmo de la urbanización y el crecimiento económico en el gigante asiático.

El Gobierno de Pekín pretende desviar la migración proveniente de las zonas rurales, que se ha concentrado desde hace ...