Frontera entre Croacia y Serbia. Andrej Isakovic/AFP/Getty Images
Frontera entre Croacia y Serbia. Andrej Isakovic/AFP/Getty Images

Cómo los problemas en los Balcanes, especialmente los nacionalismos, ya no son solo asuntos de la región sino también de la UE.

El periodista Viktor Ivančić tiene en Croacia más lectores en privado que admiradores en público. La inmensa mayoría le respetan. Pese a sus formas mansas, sus textos son incisivos, como puñales en las carnes de la política croata. Desde la sátira, encuentra siempre la manera de desnudar los ropajes del nacionalismo croata y balcánico, y no hay texto o intervención pública que no ridiculice a sus portavoces. Ivančić ha hecho de su personaje satírico, Robija K., un niño insolente y provocador, y, sin embargo, ingenioso, un buen termómetro de la política croata. El niño preguntaba no hace mucho: “—Papá ¿por qué mi futuro se va al traste? —Porque tu abuelo no era ustaša— responde el padre”.

En plena campaña electoral, Zoran Milanović, ex primer ministro croata y presidente de los socialdemócratas, se arrancó a confesar que su abuelo era ustaša, miembro del movimiento fascista que gobernó el Estado croata pronazi durante la Segunda Guerra Mundial. No debería ser eso algo de lo que vanagloriarse, y menos en plena campaña electoral, sobre todo si recordamos que aquel régimen terminó con la vida de decenas de miles de serbios, judíos, población romaní y disidentes políticos. A esa confesión le siguió declarar que los serbios eran un “puñado de miserables” y que Bosnia y Herzegovina era “una gran mierda”. Acerca de su rival de centro derecha, Andrej Plenković, presidente de los conservadores del HDZ, Milanović dijo que al menos “su madre no era una médico militar” (utilizó la palabra "médico" en serbio y no en croata para insinuar que era una colaboracionista de los serbios). La coalición que lideraba Milanović obtuvo ...