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Una manifestación en apoyo a Ucrania pide una zona de exclusión aerea para evitar los bombardeos de Rusia. (Vuk Valcic/SOPA Images/LightRocket via Getty Images)

En conflictos recientes destacados se han puesto en marcha zonas de exclusión aérea con resultados desiguales.

La creación de una zona de exclusión aérea se ha puesto sobre la mesa de nuevo a raíz de la invasión rusa de Ucrania. La medida contemplaría que la OTAN patrullara los cielos de ese país y evitara por la fuerza que Moscú empleara su aviación en el conflicto, lo que llevaría a una peligrosa escalada del mismo. Un riesgo que ha resaltado la propia Alianza Atlántica que, por ahora, ha rechazado implementar esta estrategia.

El gobierno de Kiev ha solicitado que la OTAN aplique esta medida en varias ocasiones, incluso se han sumado otras voces como el Parlamento de Estonia (país miembro de la Alianza). El principal argumento para su aplicación es que se busca proteger a la población de los bombardeos de la fuerza aérea de Vladímir Putin y detener a las tropas invasoras.

Las zonas de exclusión aérea se han aplicado en algunos de los conflictos sucedidos en los últimos 30 años con resultados que no siempre respondieron a la estrategia original.

Alexander Bernard, investigador de Stanford Law School, explica en su artículo de 2008 Lessons from Iraq and Bosnia on the Theory and Practice of No-Fly Zones cómo llevar a buen puerto estas operaciones y los riesgos que entrañan. Para garantizar su éxito, de entrada, este experto resalta que el bando que la implementa debe tener una supremacía aérea clara y una estrategia clara para cumplir con la misión.

Aunque Bernard resalta especialmente “debe haber actividades simultáneas que contribuyan a la resolución de la crisis”, refiriéndose a medidas diplomáticas para finalizar el conflicto.

 

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