Miembros del Estado Islámico cerca de la frontera siria con Turquía. Aris Messinis/AFP/Getty Images)
Miembros del Estado Islámico cerca de la frontera siria con Turquía. Aris Messinis/AFP/Getty Images)

No todos los occidentales que vuelven a sus hogares tras unirse al Estado Islámico son una amenaza. Pero el hecho de que acaben viviendo una vida de paz o de violencia puede estar determinado por lo que encuentren a su regreso.

Desde que el Estado Islámico (EI) comenzó su campaña de destrucción por Oriente Medio, se calcula que más de 20.000 personas han viajado desde todos los rincones del mundo para unirse al grupo. De esa cifra, compilada a partir de datos gubernamentales por el Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización y la Violencia Política, un centro de investigación con sede en Londres, muchos morirán. Pero otros muchos volverán, ya sea con destino a sus países de origen o para instalarse en un nuevo lugar.

Las decisiones que estos hombres y mujeres hagan a continuación, el tipo de vida que lleven y la amenaza que puedan representar para sus comunidades serán en gran medida determinados por las opciones que tengan en esta nueva etapa, y por cómo sean tratados a su regreso. Hay una necesidad apremiante de desarrollar estrategias efectivas para responder a estos retornados, y estas estrategias deben basarse no solo en una comprensión clara de las razones por las que estas personas dejaron sus países de origen en un principio, sino también de las que los impulsaron a regresar. Mediante la utilización de una estrategia bien enfocada y meditada, los gobiernos pueden mantener a sus comunidades seguras al mismo tiempo que reconocen que no todos los retornados constituyen una amenaza potencial.

El miedo a los combatientes que regresan, y a la amenaza de seguridad que pueden suponer, no es una preocupación nueva –antes de que el EI se convirtiera en un referente, ...