El fraude y la violencia serán protagonistas de las próximas elecciones parlamentarias afganas como ya ocurrió en las presidenciales de 2009. Otro proceso fallido solo perjudicaría a las ya muy débiles instituciones democráticas del país. ¿La solución? Por el momento, posponerlas.

 

Este verano, alrededor de 2.500 afganos gastaron millones de dólares y cientos de horas atravesando algunas de las carreteras más peligrosas del mundo haciendo campaña para ocupar una de las 249 sillas de la cámara baja del Parlamento. En el camino a las elecciones del 18 de septiembre, un gran número, la mayoría mujeres, acabarán seguramente retirándose. Muchos serán atacados de forma violenta, posiblemente asesinados.












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Casi todos los candidatos se preguntarán si el riesgo valió la pena. Si el fraude masivo y la violencia desmedida que tuvieron lugar durante las elecciones presidenciales y del consejo provincial del año pasado sirven de guía, la respuesta es no. Otro fracaso de la comunidad internacional al hacer frente a los defectos del sistema electoral, significará el golpe de gracia para las frágiles instituciones estatales de Afganistán y reducirá de manera drástica la posibilidad de realizar algún tipo de progreso.

El despido del general Stanley McChrystal debería servir como advertencia a todos aquellos que subestiman el destructivo poder de la arrogancia en tiempos de crisis. Aunque la Administración Obama ha declarado que va a ceñirse a la estrategia de contrainsurgencia lanzada por McChrystal el año pasado, Washington necesita urgentemente evaluar si Afganistán puede permitirse otro golpe a su estabilidad. Con las elecciones cerca y los niveles de seguridad más bajos que nunca, ya es hora de admitir que la comodidad política que permitió al presidente afgano, Hamid Karzai, el robo de ...