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Chicas trabajando en el 'distrito rojo' de Bangkok, Tailandia. Paula Bronstein/Getty Images

El turismo sexual se ha convertido en una categoría más de los viajes contemporáneos, al mismo nivel que el turismo cultural, el rural o el de playa. La expresión se forjó para dar nombre a una realidad, la de millones de personas viajeras que mantienen relaciones sexuales pagadas en sus lugares de destino.

En nuestro empeño en construir realidades con el lenguaje, a la prostitución turística le ponemos la etiqueta de industria, una de las cinco más lucrativas en el marco de la ilegalidad y las actividades delictivas. Un cuadro de honor que comparte con el tráfico de seres humanos -indisociable del turismo sexual-, el de drogas, el de armas y la prostitución. Y se mantiene en una posición relevante sencillamente porque prospera en lugares o con personas que no consideran un delito la explotación sexual.

A nivel global este tipo de turismo victimiza a millones de seres humanos y, de la mano del tráfico de estos, reporta unas ganancias anuales de más de 30.000 millones de dólares (unos 27.000 millones de euros). La cadena de supermercados estadounidense Walmart lidera el ránking de la revista Fortune de las 500 empresas de Estados Unidos más importantes. En el 2014, logró 16.363 millones de dólares de ganancias.

 

“El turismo sexual replica roles basados en la desigualdad”

En gran medida. La industria necesita productos, en este caso, en forma de personas u otros seres vivos. El turismo de masas, que ya nada tiene que ver con las vacaciones de los ricos romanos fuera de sus ciudades o con el Gran Tour del Renacimiento, devora todo lo que encuentra por el camino, básicamente mujeres y niños con escasos o nulos recursos. La globalización de la pobreza ha arrastrado hacia esta nueva ...