De la ilegalidad a la legalización y a la competición por los votos, los partidos islamistas pueden ser una fuerza importante, pero no la única, en las nuevas realidades políticas que se abren en un mundo árabe en profunda transformación.









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Manifestantes salafista en un mitin en la plaza Tahrir de El Cairo, protestan junto con el resto de egipcios por la frágil transición del páis.

 

KHALED DESOUKI/AFP/Gettyimages


¡Que vienen los islamistas!


Sí y no. El temor a la llegada al poder de los islamistas ha sido utilizado por los regímenes autoritarios árabes como instrumento para perpetuarse en el poder con el apoyo de los gobiernos occidentales. Alegaban que los barbudos radicales instalarían regímenes islámicos hostiles a Occidente. En unos contextos autoritarios donde la oposición política efectiva era prácticamente inexistente, los partidos islamistas –prohibidos o tolerados parcialmente– fueron durante mucho tiempo la principal alternativa de la que disponía la población para mostrar su oposición al régimen.

Sin embargo, no es lo mismo ser la principal oposición a la dictadura que entrar a formar parte de un sistema democrático en el que hay que competir por los votos con otros partidos. En este nuevo contexto ya no se trata de denunciar a un régimen corrupto, sino que las fuerzas políticas tienen que proponer programas que ofrezcan resultados más atractivos que los de los otros competidores. Y es aquí donde los resultados de los partidos islamistas quizás no lleguen a ser tan buenos como algunos creen. De hecho, varias estimaciones en el caso de Egipto y Túnez les dan un máximo que se sitúa en torno a un tercio de los votos, porcentaje que no es suficiente para hacerse con el poder, pero que ...