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A pesar de los últimos avances, el país sigue siendo militar, política y económicamente frágil. La UE debe ayudarle más.

Existen muchos motivos para el optimismo en Kiev. El Gobierno, el más competente y menos corrupto desde la independencia en 1991, está emprendiendo serias reformas. Sin embargo, Ucrania no tiene el éxito ni mucho menos garantizado: la clase política está dividida, Rusia está quizá preparándose para librar nuevos combates en el Donbass y la economía está contrayéndose.  Sin la atención constante de Europa, es muy posible que el intento del país de ser una democracia de orientación occidental vuelva a fracasar, como sucedió tras la Revolución Naranja de 2004.

El presidente de Ucrania, Petro Poroshenko, asegura que hay una mayoría comprometida a llevar a cabo políticas favorables a la UE. Varios extranjeros muy destacados han adoptado la nacionalidad ucraniana para ser nombrados ministros: por ejemplo, la ministra de Finanzas, Natalie Jaresko, nacida en Estados Unidos, y el ministro de Economía, Aivaras Abromavičius, originario de Lituania. Muchos de los elegidos en las últimas elecciones a la Verkhovna Rada (parlamento) son jóvenes e inteligentes y no están en manos de los oligarcas. Unas enérgicas ONG vigilan la actuación del Gobierno y dan la señal de alarma en cuanto notan el menor desliz.

Los funcionarios reformistas dicen que están haciéndose verdaderos esfuerzos para abordar la corrupción. El nuevo fiscal general, nombrado en febrero, ha empezado a investigar a los funcionarios corruptos (su segundo es un georgiano que transformó la fiscalía en su propio país), y están ya en marcha casi 500 casos de lucha contra la corrupción. Para que los ciudadanos corrientes puedan ver las consecuencias positivas de esas medidas, el Ejecutivo ha asumido como prioridad la reforma de la policía. Y, después de un retraso de cuatro meses, ha designado a un ...