El escenario productivo de la economía intangible, en el que el conocimiento es fundamental, donde las ideas y el talento marcan la diferencia, ha generado una enorme paradoja, ya que su resultado no ha sido otro que el estancamiento de la productividad y un aumento sustancial de la desigualdad.

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Un móvil con los logos de Uber, Airbnb y otros. Carl Court/Getty Images

¿Cómo es posible? ¿No era precisamente contra este tipo de males contra los que inmunizaba la economía inmaterial? ¿Cómo un modelo basado en el I+D, en la propiedad intelectual e industrial, en el software, la marca y el marketing puede conducir a aquellos lugares que pretendía abandonar? ¿Es un efecto secundario, un mal desarrollo del proceso, un error en la ejecución del plan?

Nada de esto. Sería tranquilizador que la creciente desigualdad resultase una consecuencia transitoria de un proceso de cambio, un simple ajuste productivo que se corregiría con el paso del tiempo, una vez que la transición del viejo modelo al nuevo se completase. Pero quizá nos acerquemos más a la realidad si realizamos los análisis acerca de los efectos de la economía intangible desde otra perspectiva, como resultado difícilmente evitable de una articulación económica que lleva a que las clases con más recursos se separen del resto.

La economía de los intangibles suele ser entendida como parte de una nueva estructura productiva, instigada por las innovaciones tecnológicas y basada en la oferta de nuevas soluciones a problemas humanos (o causados por ellos). Sin embargo, se trata más bien de un modelo de organizar las formas de generación de ingresos que lleva tiempo desplegándose, que ha gozado de gran auge durante el periodo globalizador y que ha encontrado su prolongación en las nuevas empresas tecnológicas.

Se articula a través de un doble movimiento: por una parte, ...