La UE necesita un plan coherente y ambicioso para apoyar la transición del país árabe.

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“Se ha abierto un nuevo capítulo en Egipto y los europeos queremos que la nueva democracia egipcia tenga éxito”. El presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, abría con estas palabras su comparecencia ante la prensa tras reunirse con el presidente Mohamed Morsi en El Cairo en enero de este año. Sin embargo, este optimismo oculta los retos a los que actualmente se enfrenta Egipto en su proceso de transición a la democracia. Los poderes extraordinarios que se otorgó Morsi en diciembre de 2012, junto con un proyecto de constitución que pone en grave peligro los derechos de las mujeres y de las minorías reli­giosas, la batalla legalista entre las autoridades legislativas, las frecuentes protestas callejeras cada vez más empañadas por la violencia y un aparato militar que sigue gozando de un estatus privilegiado en lugar de estar sometido a supervisión civil, contribuyen a la percepción de que el país está en regresión, en lugar de progresar hacia el buen gobierno, el Estado de derecho y una transición política inclusiva.

 

Retos para Egipto y para la UE

La situación actual es preocupante por el papel de Egipto como emblema de las revoluciones árabes. Entre los Hermanos Musulmanes que parecen acaparar cada vez más las instituciones de Estado, una sociedad civil incapaz de ofrecer los contrapesos requeridos para una democracia participativa y una oposición tan dividida que no consigue presentarse como alternativa viable, la sociedad egipcia se enfrenta a una polarización peligrosa. La comunidad internacional, por su parte, se enfrenta al reto de cómo apoyar a un presidente elegido democráticamente que, a su vez, está poniendo en peligro el incipiente proceso que le llevó al poder. ...