Desde hace décadas, el peso de América Latina en el mundo disminuye.
No es un gran centro económico ni una amenaza para la seguridad ni una bomba demográfica. Incluso sus tragedias quedan empequeñecidas al lado de las de África. La región no se levantará mientras no deje de buscar
fórmulas mágicas. Puede que no suene bien, pero la paciencia es el mayor déficit que sufre Latinoamérica.










Giro a la izquierda: muchos latinoamericanos, como estos bolivianos,
manifestándose por la nacionalización del gas, están girando hacia
causas populistas.

Latinoamérica se ha acostumbrado a ser tratada como el patio trasero de Estados Unidos. Fue, durante decenios, una región en la que el Gobierno estadounidense se inmiscuía en la política local, combatía a los comunistas y promovía sus intereses económicos. Por más que el resto del mundo no le prestara atención, Estados Unidos, de vez en cuando, sí lo hacía. Hasta que llegó el 11 de septiembre, cuando incluso Washington pareció desconectarse. Como es natural, la atención del mundo se centró casi exclusivamente en el terrorismo, las guerras de Afganistán, Irak y Líbano, y las ambiciones nucleares de Corea del Norte e Irán. Latinoamérica se convirtió en la Atlántida, el continente perdido. Casi de la noche a la mañana desapareció de los mapas de los inversores, de los militares, los diplomáticos y los periodistas.

América Latina no puede competir en el escenario mundial en ningún aspecto, ni siquiera como amenaza. En contraste con quienes se oponen a EE UU en otras zonas del mundo, los latinoamericanos no están dispuestos a morir en aras de sus odios políticos. Es una región sin armas nucleares. Su única arma de destrucción masiva es la cocaína. A diferencia de mercados emergentes como India y China, es un actor ...