Por qué la muerte del líder de los rebeldes es una oportunidad real para la paz. 

 

 












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AFP/Getty Images
PODCAST: las fronteras colombianas

 

Guillermo León Sáenz, alias “Alfonso Cano”, líder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), fue asesinado a balazos recientemente durante la Operación Odiseo, un ataque conjunto entre fuerzas aéreas y Ejército desplegado después de que la inteligencia policial rastreara la ubicación de Cano a través de la interceptación de una llamada telefónica. Después de este golpe a las ya debilitadas FARC, el Gobierno colombiano se enfrenta ahora a la mejor oportunidad en décadas de terminar el conflicto armado más largo y complejo de Latinoamérica.

Cano, quien sucedió al comandante histórico de las FARC alias, “Manuel Marulanda”, en 2008, es el primer cabecilla de la guerrilla colombiana muerto en combate. Con su baja, el grupo han perdido no solo su liderazgo militar, sino también su representante político y jefe ideológico más prominente –un hombre con estudios universitarios en Antropología y Derecho, comprometido con la causa comunista antes de alistarse como guerrillero.

Esta operación sin precedentes le dará un impulso al presidente Juan Manuel Santos, quien estaba presionado por un deterioro de la seguridad y demostraciones de fuerza de las FARC en lugares como Cauca, Catatumbo y Arauca, y que lo llevaron a reemplazar a su ministro de Defensa y la cúpula militar a finales de agosto. Irónicamente, la muerte de Cano también representa un golpe contra Álvaro Uribe, el predecesor del actual dirigente colombiano, quien se había transformado en crítico del Gobierno y que recientemente había afirmando que la moral de las fuerzas armadas ha venido disminuyendo bajo Santos. El fallecimiento de Cano aplacará estas especulaciones.
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