Vista aérea de la acería de Salzgitter AG, uno de los mayores productores de acero de Europa, en Alemania. (Sean Gallup/Getty Images)

En 2022 en la COP27 de Egipto se aprobó la creación de un fondo para compensar pérdidas y daños, pero un año y cinco reuniones después, los países no se ponen de acuerdo en cómo organizarlo y la oposición de Estados Unidos amenaza con tocar de muerte el mecanismo.

En la COP27 se dio un paso histórico hacia la justicia climática. Tras décadas de presión por parte de los países menos desarrollados del mundo, en la Conferencia del Clima de Egipto se acordó crear un Fondo de Pérdidas y Daños. Un acuerdo “histórico”, como anunciaron varios medios e incluso el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).  

Un año después, la burbuja de emoción inicial se ha pinchado. ““Los países en desarrollo han perdido una batalla, pero no la lucha”, tuiteó el pasado 4 de noviembre de 2023 Alpha Kaloga, negociador jefe del Grupo Africano. Ese día acabó la quinta reunión técnica para formalizar un borrador de cara a la COP28 sobre cómo debe funcionar el fondo, pero el acuerdo final no dejó a nadie contento.

El acuerdo firmado es uno de mínimos en los que no se obliga a ningún país a contribuir con dinero de manera obligatoria. Los países desarrollados están “invitados” a proveer de financiación al fondo, al igual que se “anima” a los países en desarrollo a hacer lo propio. Además, se acordó que el Banco Mundial fuese quien acoja y gestione “temporalmente” el fondo. Los países en desarrollo no estaban inicialmente de acuerdo ya que consideran que en el Banco Mundial su voz está silenciada por los países desarrollados, especialmente por Estados Unidos, que como máximo financiador tiene un 15% de poder de voto y podría controlar el dinero que se entrega. Además, consideran que la eterna burocracia del organismo internacional hará más farragoso su funcionamiento y puesta en marcha.

En el borrador tampoco se ha especificado cuánto dinero se invertirá, quién lo pondrá, cuándo se empezará a distribuir ni qué países se beneficiarán. La única referencia es que será dirigido a países en desarrollo “especialmente vulnerables”, sin especificar quienes. Los países africanos son los más vulnerables y menos preparados del mundo ante el cambio climático, según el Índice de Adaptación Global de la Universidad de Notre Dame. Los dos países más vulnerables del mundo son africanos: Chad y República Centroafricana y tan solo cuatro aprueban: Cabo Verde, Mauricio, Marruecos y Túnez.

Otra polémica medida es que el dinero se otorgará a través de donaciones y préstamos. Aunque se menciona que serán “altamente concesionales”, los países africanos temen que suponga una mayor carga de deuda. La mitad de los países catalogados de bajos ingresos por el FMI en África estaban en riesgo de impago de su deuda externa en 2022.

El caballo de Troya: quién es desarrollado

El PNUMA define el término de pérdidas y daños como las consecuencias negativas asociadas a los efectos ya irreversibles causados por el cambio climático como “ el aumento del nivel del mar, las olas de calor prolongadas, la desertificación, la acidificación del mar y los fenómenos extremos, como los incendios forestales, la extinción de especies y las pérdidas de cosechas”.

Al aceptar el año pasado crear un fondo de dinero global para poder financiar las pérdidas y daños por desastres climáticos implicaba que por primera vez, los países más desarrollados y quienes más contaminan estaban admitiendo públicamente su culpa en desastres climáticos que ocurren a miles de kilómetros de sus fronteras. Hasta entonces, los países más desarrollados temían reconocer su implicación por las ramificaciones económicas que tendrían. 

Estados Unidos, China, Rusia y los países de la Unión Europea han contribuido a dos tercios de los gases de efecto invernadero a lo largo de la historia, por tan solo un 3% de todo el continente africano y todavía en la actualidad, los países del G20 contribuyen al 75% de la contaminación mundial.
El 4 de noviembre, cuando ya parecía que todos estaban de acuerdo y se iba a cerrar la negociación, la representante de Estados Unidos, Christina Chan, pidió un último cambio para debilitar todavía más la responsabilidad de los países desarrollados de contribuir más al fondo. Sus peticiones se rechazaron y ella decidió levantarse e irse con la intención de paralizar el acuerdo, pero aún así la organizadora pidió si había objeciones y al no recibir ninguna, golpeó su mazo en señal de aprobación.

Escombros de plantas yacen esparcidos en un área inundada días antes por el ciclón Idai, en Chipinge, Zimbabue. (Tafadzwa Ufumeli/Getty Images)

Después, Chan expresó sus reservas: “"Si esto se basa en el consenso, no estoy segura de por qué se ha tomado una decisión", dijo. La estadounidense comunicó a la dirección que expresara sus dudas sobre el acuerdo al pleno de la COP28 donde se acabará de discutir el borrador del acuerdo.

La posición estadounidense amenaza con dinamitar cualquier esfuerzo en Dubai, dejando tocado de muerte un mecanismo que a marchas forzadas se está intentando formar. Las principales reservas de Estados Unidos se basan en la falta de responsabilidad de algunos países, especialmente China. La clasificación de la ONU todavía data de la inicial, hecha en 1992, y señala sólo como países desarrollados a Estados Unidos y los Estados europeos, con China, India y todos los países del Golfo considerados como en desarrollo, al mismo nivel que los africanos.

Aceptar una obligatoriedad de pago de los países desarrollados bajo este prisma eximiría por lo tanto la responsabilidad de pago a seis de los diez países que más contaminan a día de hoy en el mundo: China, India, Irán, Arabia Saudí, Indonesia y Corea del Sur. China además lidera con el 30% de las emisiones, el doble que Estados Unidos, que es segundo con un 15%.

Para Estados Unidos, esto no es justicia climática. Sin embargo, estas discusiones entre los países que más contaminan y con mayor poder global en la mesa de decisión amenaza con dinamitar un sistema necesario para los países más vulnerables al cambio climático, los africanos. Sin medidas de mitigación, a final de siglo en Mozambique habría inundaciones cada año que afectarían a un 10% de su población y el país sufriría un ciclón devastador cada veinte años en lugar de cada cien, como el ciclón Idai que en 2019 hundió bajo el agua a la segunda ciudad más grande del país, Beira. 
Aunque para algunos delegados de países africanos el poder haber firmado un texto que se pueda debatir en la COP28 es un paso adelante, existe una decepción generalizada. Como expresaba Kaloga, existe la sensación de tener que conceder demasiado para recibir poco, una negociación que daña las ilusiones puestas en el fondo y que en Dubai puede acabar de tocar de muerte su efectividad para combatir el cambio climático.