Sin atender las necesidades del mundo rural, no hay posibilidades reales de desarrollo sostenible para nadie. Aunque no siempre se tenga presente, la correcta aplicación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en el campo redunda en el bienestar de las grandes ciudades: recursos esenciales dependen de que se desarrollen nuevas formas de cooperación entre ambas realidades para poder asumir, de forma urgente, los grandes desafíos del siglo XXI.

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Recolecta de tomates en Vietnam. HOANG DINH NAM/AFP/Getty Images

Más allá de las carencias de infraestructura o inversión, una de las grandes dificultades que afrontan las zonas rurales es ser percibidas como un problema y no como solución. No se trata sólo de considerar su valor cultural o ecológico: su aportación como proveedoras de recursos tan básicos como alimentos, agua o incluso oxígeno —tan importante y tan dado por sentado— convierten estas áreas en verdaderamente estratégicas.

Ese pilar fundamental de nuestras sociedades sigue relegado en la agenda política, que continúa poniendo el foco del desarrollo en las ciudades. A pesar de que los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) nacen del principio básico de “no dejar a nadie atrás”, hoy las sociedades rurales siguen estando peor que las áreas urbanas en la mayoría de los indicadores de estas metas.

Unas tres cuartas partes de las personas más pobres del mundo viven en las zonas rurales de los países en desarrollo. Es decir, alrededor de 767 millones de personas viven con menos de 1,90 dólares al día y la mayoría dependen de la agricultura para sobrevivir.

“Me preocupa que los ODS se queden, como muchas otras de estas iniciativas de estos organismos, en grandes declaraciones de intenciones que los gobiernos entonan sin cambiar prácticas ni políticas —apunta Héctor Robles, responsable de la Oficina para México y Centroamérica del Centro Latinoamericano para ...