Personas con cinta negra en la boca caminan por la costa de Sea Point mientras asisten a una protesta contra la trata de personas en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, el 17 de octubre de 2015. (Foto de Ashraf Hendricks/Anadolu Agency/Getty Images)

El país africano tiene una ardua tarea por delante: desenredar los intereses de la trata de personas enmarañados con las instituciones públicas. Sin embargo, existe la posibilidad y los medios para combatir esta lacra de manera eficiente.

El mundo de la trata de personas se suele presentar como un misterio oculto entre las sombras. Sin embargo, se trata más bien de una industria que actúa a la vista de todos aprovechándose de los vacíos legales, las desconexiones entre jurisdicciones e incluso las emociones y el buen juicio de la gente corriente. Con un valor estimado en 150.000 millones de dólares (unos 133.000 millones de euros) por la Organización Internacional del Trabajo en 2014, la trata afecta a más de 20 millones de personas en todo el planeta. Adopta nuevas tecnologías con rapidez y, como muchas empresas internacionales, ha creado grandes centros de operaciones en algunas ciudades que actúan como puertas de acceso hacia y desde sus respectivas regiones.

En Johannesburgo, Suráfrica, el gobierno local no ha querido o no ha podido evitar que la urbe se convierta en un punto de intercambio en la infraestructura global de la trata. Como centro financiero de la nación arcoíris y de la región del África subsahariana, Johannesburgo por sí solo contribuye con un asombroso 16% a la economía nacional, pero es también un microcosmos que refleja la profunda desigualdad del país. De su población de 5,4 millones de personas, el 33% vive por debajo del umbral de pobreza de 2.500 rands al mes (unos 138 euros). A fecha de mayo de 2022, ...