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Manifestaciones contra la integración de Rusia y Bielorrusia. (Pavlo Gonchar/SOPA Images/LightRocket via Getty Images)

El Kremlin busca atar en el poder a sus aliados Lukashenko y Maduro, pero sin renunciar a todo tipo de opciones.

La escena parecía retrotraer tiempos soviéticos. Mientras en la capital bielorrusa Minsk, las protestas contra un presunto fraude electoral denunciado por la oposición en agosto pasado seguían su curso, el atribulado mandatario bielorruso Aleksandr Lukashenko se dirigía el 15 de septiembre a la localidad rusa de Sochi, bucólico balneario en el Mar Negro, para reunirse con su eterno aliado y vecino, Vladímir Putin.

La reunión entre Putin y Lukashenko, preliminarmente realizada a puerta cerrada, fue seguida con atención por los medios de comunicación y los actores políticos involucrados en la crisis bielorrusa. Era previsible que lo que se decidiera en Sochi ejercería una enorme influencia en la crisis política que vive Bielorrusia.

 

Bielorrusia: ¿con o sin Lukashenko?

Las declaraciones de la cumbre Putin-Lukashenko seguían, a priori, un guión previsto. Moscú le otorgará a su "amigo" bielorruso un crédito gubernamental de 1.500 millones de dólares, esencial para acometer este "difícil momento", tal y como sugirió Putin. Existen razones estratégicas para ello: Rusia es el destinatario del 50% de las exportaciones bielorrusas. Además, unas 2.500 empresas rusas están asentadas e invierten en Bielorrusia.

Incluso hay lazos históricos y culturales entre ambos países eslavos que parecieran reeditar la idea del Estado unificado entre el "hermano mayor" Rusia y su "hermano menor" Bielorrusia. Por ello, Lukashenko habría pedido un mayor apoyo ruso en el marco de la Organización del Tratado de Defensa Colectiva (ODKV en ruso) firmado en 1994 entre varios países del bloque exsoviético. Putin movilizó efectivos policiales y de seguridad con la aparente orden de intervenir en Bielorrusia en caso de descontrol de las ...