Costa de Marfil vive entre el recuerdo de las dos guerras civiles, que en 10 años se llevaron por delante parte del entramado institucional, y el temor a una tensión rediviva durante las elecciones previstas para 2015. Al mismo tiempo, pervive la esperanza acerca de una estabilidad aún en construcción, que pronto será puesta de nuevo a prueba.



Un colegio electoral en Abidjan, Costa de Marfil, durante las elecciones locales de abril de 2013. (Issouf Sanogo/AFP/Getty Images)



 

El último gran episodio de la Guerra Civil en Costa de Marfil se desató por una discrepancia en el resultado de las presidenciales de 2010. Laurent Gbagbo aseguraba ser el reelegido, mientras Alassane Ouattara, candidato aspirante, obtenía un dictamen favorable de la Comisión Electoral y el apoyo de la comunidad internacional, circunstancias que le permitieron acceder finalmente al poder. Como resultado, miles de víctimas, refugiados y desplazados -50.000 aún en 2013 según la ONU- representan el nuevo zarpazo que se dio entonces a la dañada cohesión social.


Tampoco se borraron con la abrupta resolución del conflicto, cerrado con la intervención militar internacional, las causas que lo provocaron: luchas de poder, personalismos, manipulación de las diferencias étnicas o religiosas. El país había vivido casi tres décadas de prosperidad durante el mandato de Félix Hophouét-Boigny. Sin embargo, aquellos años de convivencia no consolidaron ni la estructura institucional ni evitaron las crisis posteriores. La incógnita, mientras llegan las urnas, es si los dirigentes marfileños lograrán evitar un retorno a la dinámica autodestructiva que se instaló en el periodo 2010-2011.


Una serie de factores, divididos en tres vertientes, condicionarán el desenlace; los primeros, los que se vinculan a las urnas, para continuar con otros más institucionales y, por último, aquellos en relación a la comunidad internacional y ...