Aunque los periódicos no hablen de ello, la pena de muerte gana terreno en Japón. Las autoridades mantienen las ejecuciones estatales lejos del público y en un ambiente de secretismo. Ni siquiera los condenados a muerte saben el día en que serán ejecutados. FP le permite ser testigo de excepción de uno de estos ahorcamientos.


14_1Tamaki Mitsui se quedó un poco sorprendido un viernes cuando su superior le dio instrucciones para el lunes siguiente: servir de testigo en dos ejecuciones en la horca. El propio Mitsui, funcionario de la oficina del fiscal del Tribunal Superior de Nagoya, donde se tramitan los recursos penales, se había mostrado a favor de la aplicación de la pena de muerte en tres procesos, y sabía que la legislación japonesa exige que algún representante del fiscal presencie las ejecuciones, pero creía que esta función era asignada al azar. Aun así, aceptó la orden. "Parte del trabajo", pensó.

Cuando llegó el lunes, Mitsui se desplazó en compañía de un subordinado al centro penitenciario de Nagoya, una de las siete cárceles japonesas donde los condenados a muerte aguardan hasta que son conducidos a la horca. Poco después de las nueve de la mañana, él, su asistente, el director y otro funcionario de la prisión se sentaron codo con codo detrás de una pared de vidrio que iba del suelo al techo. Al otro lado del cristal se encontraba la sala de ejecución: una estancia vacía, de apenas cinco metros cuadrados, con paredes desnudas y blancas, y un brillante suelo de madera marrón clara de ciprés japonés. Colgando del techo, e iluminada por unos focos, había una soga. El único sonido era el canto previamente grabado de un sutra budista [enseñanzas orales de Buda]. A Mitsui aquel escenario le pareció extrañamente sereno. "Sé que suena raro decir ...