¿Quieren ayudar al mundo en vías de desarrollo? Contraten a sus mejores mentes.

 









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Mi primer hijo nació asistido por una comadrona nigeriana en un hospital de Londres. Fue un parto difícil. Mi mujer, Emma, no quería que le pusieran ninguna anestesia epidural hasta que fuera completamente necesaria. Al cabo de varias horas, cuando las contracciones ya eran insoportables, pidió una inyección. “Lo siento, es demasiado tarde”, le contestaron; el niño estaba casi fuera.

Así que Emma hizo una mueca de dolor y dio a luz sin anestesia. La comadrona se mostró impresionada. “No ha estado mal para ser una mujer blanca”, comentó.

Como muchos países ricos, Gran Bretaña importa aviones enteros de personal médico como la comadrona de mi esposa, de países pobres como Nigeria; sin ellos, los hospitales británicos casi no podrían funcionar. Pero esta transferencia de capital intelectual suscita una pregunta inquietante: ¿Es justo que los países ricos arrebaten el talento a los pobres? Al fin y al cabo, parece lógico pensar que la fuga de cerebros perjudica a estos últimos. Frank Dobson, que fue ministro de Sanidad del Reino Unido, lo llamó una “vergüenza internacional”. Si los mejores médicos e ingenieros se van a vivir a Occidente, ¿quién se ocupará de que funcionen los hospitales y se construyan las líneas férreas en Nigeria o Bangladesh? Parece de simple justicia pensar que los países ricos deberían dejar de contratar a médicos e ingenieros de países pobres.

¿Seguro? Uno de los descubrimientos más sorprendentes de la economía moderna es que la fuga de cerebros reduce la pobreza mundial. A la hora de la verdad, la salida de profesionales de los países pobres a los ricos es ...