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Ocupa el décimo cuarto puesto de la cola, la cola de las mujeres que esperan sentadas en una acera. Se distingue por la gorra fucsia que lleva puesta y los arcos de sus cejas engrosados con creyón negro y extendidos casi hasta los pómulos.

Viste un short y unas sandalias que dejan ver sus piernas delgadas y sus pies sucios. Cuenta que tres horas antes salió del rancho donde vive en Caucaguita (a casi 22 kilómetros de distancia) para tomar el número que le aseguraría un plato de pasta, un pedazo de pan y medio vaso de té. Es una de las aproximadamente 200 personas que todos los domingos se agolpan en el bulevar de Sabana Grande para recibir la comida que brinda la Fundación Jesús Camino, Verdad y Vida.

Yoanna Flores tiene 24 años de edad y ocho meses de embarazo. “Estoy aquí porque me estoy muriendo de hambre”, resume la mujer.

Es primeriza y ya tiene nombre para su hija: Ana Lucía. En la Maternidad Concepción Palacios donde, asegura, ha ido seis veces a control prenatal, le habrían dicho que la bebé pesa 1,3 kilogramos. “Sí, mi barriga es pequeñita, pero todo está bien. Yo espero que pese al menos dos kilos y medio”, confía.

No se queja de la atención que le han brindado en la principal maternidad del país, a pesar de que allí no le han suministrado los suplementos alimenticios y los medicamentos que necesita: “Los médicos que me atienden siempre me hacen un récipe; me mandan hierro, calcio y ácido fólico. Pero uno baja a la farmacia de la maternidad y nunca hay. Igual pasa con los exámenes, no hay reactivos. Ahora tengo una infección en la orina. Me mandaron un antibiótico, amoxicilina, pero eso no se consigue. Y si lo consiguiera tampoco ...