Entrenamientos de la OTAN en la base en Zaragoza, España. (Pierre-Philippe Marcou/AFP/Getty Images)
Entrenamientos de la OTAN en la base en Zaragoza, España. (Pierre-Philippe Marcou/AFP/Getty Images)

Ha llegado el momento de que España incluya sus prioridades en materia de seguridad en la agenda de la Alianza Atlántica.

Los próximos días 8 y 9 de julio se celebrará en Varsovia una nueva cumbre de la Alianza Atlántica. Será una cumbre decisiva en la que la OTAN tendrá que decidir si continúa en la línea marcada en la cumbre de Gales de 2014, al calor de los acontecimientos en Ucrania, o si, por el contrario, adopta una visión más equilibrada en la que tengan cabida otros desafíos de seguridad que preocupan –y mucho– a algunos de sus socios.

A juzgar por las actividades desarrolladas durante estos dos años, todo parece indicar que la amenaza rusa, percibida realmente por algunos miembros de la Alianza y utilizada por otros para revitalizar una organización que parecía haber perdido su razón de ser tras la guerra fría, volverá a ocupar un lugar preeminente entre los temas a tratar. Esta posibilidad, además, se presenta como no carente de cierta lógica en un momento en el que la Unión Europea vuelve a aparecer gravemente debilitada tras el referéndum británico. Sin embargo, desde una perspectiva española, la dinámica de confrontación en el Este exige una reflexión sosegada.

España ha realizado durante estos años un esfuerzo para cumplir con sus obligaciones como un miembro responsable de la Alianza Atlántica. Los cazabombarderos españoles se han desplegado en los países bálticos en varias ocasiones –la última de enero a abril de 2016– para impedir las violaciones de su espacio aéreo. Las fragatas más avanzadas y el buque de aprovisionamiento de combate Cantabria se han integrado en la Agrupación Naval Permanente de la OTAN 1 (SNMG-1, por sus siglas en inglés), al mando de un contraalmirante español, para ...