Un cubano pasea por las calles de La Habana con una bandera de fondo. AFP/Getty Image
Un cubano pasea por las calles de La Habana con una bandera de fondo. AFP/Getty Image

El uso de la agencia estadounidense USAID para socavar al régimen castrista desacredita aún más la política estadounidense hacia Cuba.

Existe un lema médico que la Agencia Estadounidense para el Desarrollo Internacional (USAID) haría bien en adoptar: “Primero, no hacer daño”. Parece renuente a entenderlo en el caso cubano. Desde la Administración Bush hasta la fecha, la agencia vinculada al Departamento de Estado ha gastado cientos de millones de dólares siguiendo una concepción destructiva de lo que titula “promoción de la democracia y la sociedad civil en Cuba”. Bajo esta rúbrica, la USAID ha instrumentado un modelo intervencionista que tiene poco que ver con la promoción de los derechos humanos: la ley Helms-Burton.

La ley promovida por el senador Helms, con las credenciales democráticas de un miembro de clubes solo para blancos, se desentiende de cualquier obligación de Estados Unidos ante el Derecho internacional. Obsesionados desde 1959 con expulsar del poder a Fidel Castro, los autores de la ley encadenaron a ese objetivo la política estadounidense hacia toda la nación cubana. Como explicó el ex analista principal de la CIA para América Latina Fulton Amstrong, bajo el gobierno de George W. Bush se transfirieron funciones desestabilizadoras contra el Gobierno cubano, que antes caían bajo el mandato de las agencias de inteligencia, a la USAID. Se trató de innovar métodos para buscar los mismos objetivos del viejo anticomunismo antidemocrático de la guerra fría con especialistas en desarrollo internacional haciendo el trabajo que antes les tocaba a agentes de inteligencia. Jesse Helms lo dijo al ser aprobada su ley, no hay negociación ni entendimiento posible con el gobierno en Cuba, se trata de sacar a Fidel Castro “de modo vertical u horizontal”. En esa lógica, ...