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Bolsa de Nueva York, agosto de 2018. Bryan R. Smith/AFP/Getty Images

Cada vez son más los analistas que anuncian fuertes turbulencias económicas. De nosotros depende enfrentarlas con eficacia y minimizar daños o dejar que la bola de nieve se convierta en un alud.

Antes de nada, un aviso para lectores incautos. A algunos economistas les encanta dibujar escenarios terribles que nunca se concretan, porque saben que eso llama la atención de los periodistas sobre sus servicios de asesoramiento, que nadie penaliza las previsiones salvajes y absurdas cuando fallan (se olvidan en el infinito fluir de las noticias) y que los encumbrarán como grandes gurús o casandras si dan en la diana. A la población en general y a la comunidad inversora en particular les fascina la idea de que alguien pueda ver el futuro. Por eso los medios no suelen presentar las intuiciones acertadas de los economistas sobre una crisis venidera como lo que fueron: una ronda excelente de un gran tirador de dardos.

Dicho esto, lo que de verdad sabemos hoy es que la economía global está preparándose para aterrizar ralentizando su crecimiento, algo que no hará hasta 2020, según el Fondo Monetario Internacional. Tenemos  tiempo, si desplegamos las políticas adecuadas y enfriamos el debate público, para no complicarnos la vida. Si el año pasado, en términos de crecimiento, fue tan bueno que sólo podía compararse con 2011, este año y el que viene serán aún mejores. Pero cuidado: viajamos en un avión propulsado por la inercia de los bajos precios de la energía, las políticas crediticias ultraflexibles y la recuperación, animada últimamente por las rebajas fiscales de Donald Trump. Ese combustible, por definición, no va a durar mucho tiempo.

Los precios de la energía van a seguir recuperándose hasta el punto de que el regulador de la ...