Un chico con una Estelada y una bandera de la Unión Europea durante la manifestación del 11 de septiembre. (Josep Lago/AFP/Getty Images)

El sentimiento independentista catalán surgió tras el colapso del imperio español y desde entonces fluye o decae en función del clima económico y político en España y Europa. La construcción de un proyecto sugestivo de vida en común y la finalización de una Europa federal son las respuestas a los nacionalismos.

José Ortega y Gasset, uno de los intelectuales españoles más destacados del siglo XX, escribió en su obra seminal de 1922 España invertebrada que lo que sustenta la existencia de las naciones no es una historia compartida, sino un “proyecto sugestivo de vida en común”. Para Ortega no era el pasado común lo que reunía y mantenía unidos a pueblos diversos, sino una visión para el futuro que resultara cautivadora. Para él, la descomposición territorial de España, primero por la pérdida de las posesiones de ultramar y posteriormente con la emergencia de los movimientos proindependencia en la propia península Ibérica —principalmente en Cataluña y el País Vasco—, era el producto del prolongado declive y la disolución del proyecto imperial. Durante siglos esto había actuado como una fuerza centrípeta que reunió a comunidades políticas muy variadas bajo un mismo techo y justificó esa coexistencia mediante una narrativa civilizatoria en la que España tenía un papel central. A medida que el imperio comenzó a derrumbarse este discurso se fue erosionando lentamente y diferentes grupos políticos comenzaron a construir —o en algunos casos reconstruir— narrativas propias.

Para intentar comprender los actuales problemas de Cataluña es importante tener en mente el análisis de Ortega. No es una coincidencia que el sentimiento independentista catalán comenzara a surgir en serio tras el colapso del imperio y que desde entonces fluya o decaiga en ...