Cuando un país quería bloquear Internet, tenía que elegir entre todo o nada. Si se encontraba algo ofensivo, se bloqueaba todo el conjunto. Los más infractores –piense en China, en Irán y en Arabia Saudí– pasaron años construyendo vastos y permanentes sistemas de filtro. Pero ese tipo de métodos podrían estar cayendo en desgracia. Ansiosos por quitarse la etiqueta de parias de la Red, así como de librarse de los costes políticos y económicos del bloqueo constante, muchos regímenes autoritarios están optando por soluciones más sutiles. Este giro podría dar la apariencia de que Internet está menos filtrado. Pero los expertos alertan de que, en realidad, la censura está haciéndose algo más difícil de detectar y, quizá, más efectiva.“Estamos yendo hacia una situación en la que el filtro se hace caso a caso, sobre la marcha”, dice John Palfrey, catedrático en la Facultad de Derecho de Harvard (EE UU). El acceso a la Red en lugares como Bahrein o Bielorrusia puede estar relativamente abierto la mayor parte del tiempo. Pero los gobiernos están desarrollando estrategias que les permiten apagar el interruptor del contenido que quieren censurar. En algunos casos, sólo ordenan a los proveedores estatales de Internet que bloqueen los sitios. Éste fue el caso de las webs de los medios de comunicación y de la oposición en las recientes elecciones de Bahrein, Uganda y Tayikistán.

Algunos regímenes, sin embargo, están poniendo en marcha técnicas más astutas, subcontratando la censura que desean. Parece que muchos gobiernos están pagando a hackers de alquiler para saturar sitios que no les gustan. Esos ataques dejan inservibles las webs, aunque permiten a los Ejecutivos eludir la culpa. Es, dice Ron Deibert, director del Laboratorio Ciudadano de la Universidad de Toronto (Canadá), “un método mucho más sofisticado en términos de estrategia, porque te permite ...