El modelo francés de ‘laïcité’ ha fallado. El paradigma indio, basado en la tolerancia y el pluralismo religioso, puede servir para encauzar las relaciones con el mundo musulmán.

 

Para muchos de nosotros, el secularismo no es terreno desconocido y, sin embargo, no hay duda de que es un concepto que no está debidamente definido ni bien explicado. Desde hace más de 150 años, intelectuales, políticos y teólogos han empleado los términos “secular” y “secularismo” de manera ambigua. Existe, por tanto, una necesidad de aclarar el uso de estas palabras. Ha llegado el momento de que revisemos la manera de abordar la cuestión.

El secularismo en la esfera política se refiere a la libertad del Estado para ocuparse de los asuntos laicos sin interferencia de las autoridades religiosas. En otras palabras, en los estudios actuales se interpreta, principalmente, como la neutralidad estatal respecto a la religión. Lo que esta definición implica es que la vida política del ser humano no tiene nada que ver con su vida religiosa. El proceso de secularización, por consiguiente, presupone un cambio más radical de la sociedad y la cultura e impone una ruptura con el pasado. Es una especie de protesta de las mentes racionales que se resisten al celo de las instituciones religiosas y protestan contra los excesos y extravagancias de los dogmas de fe y el gobierno. Por el contrario, en el plano político, la idea ha sido presa de numerosas distorsiones semánticas y ontológicas, hasta el punto de que su significado y su contenido  se han perdido. En este sentido, se ha convertido en parte del proceso ideológico para desacralizar el mundo y minar la importancia de la espiritualidad en la vida pública, hasta culminar en el sueño moderno de una civilización universal tecnocientífica.
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