Cómo la isla caribeña puede no sólo sobrevivir, sino renacer de sus cenizas como una nación moderna.

El terremoto que sacudió Haití hasta sus cimientos ha puesto en riesgo la frágil estabilidad de este país como nunca antes lo había hecho ningún desastre ya fuera natural o provocado por el hombre. Mientras el país entierra a sus muertos y quienes se han quedado sin casa reclaman agua, alimentos, refugio y medicinas, surge la pregunta de si esta nación caribeña puede avanzar desde la simple supervivencia hasta una recuperación total.

No es una cuestión nueva para un país azotado por dos siglos de mal gobierno, dividido por llamativos contrastes entre ricos y pobres, despojado de sus bosques, castigado cada año por brutales huracanes, construido a horcajadas sobre una terrible falla sísmica y situado en una de las rutas preferidas de los traficantes de cocaína. Pero es una pregunta que ha hecho trágicamente relevante el peor desastre natural de la historia del hemisferio en términos de cifras de muertos, desaparecidos y heridos.

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Mientras la agenda humanitaria comienza a dar un giro hacia la reconstrucción, el establecer la seguridad va a convertirse en un formidable desafío: ya se están produciendo linchamientos y disparos contra algunos saqueadores, apenas la mitad de la incipiente Fuerza de Policía de Haití (HNP, en sus siglas en inglés) está en funcionamiento, los muros de las cárceles han cedido y sus presos andan sueltos, y el miedo entre los ciudadanos es cada vez mayor. Conseguir estabilidad depende no solo de poner en las calles a la policía haitiana e internacional, sino de crear un imperio de la ley en un país en el que los sistemas judicial y penitenciario apenas funcionaban ya antes incluso del terremoto.

Inicialmente, gran parte de la tarea relacionada con la asistencia inmediata ...