La comunidad hazara ha sido históricamente acosada en Afganistán y en otros países de la región. Ahora se suma una mueva amenaza, el Estado Islámico.

Un mujer hazara en una zona rural de Afganistán. Paula Bronstein/Getty Images
Un mujer hazara en una zona rural de Afganistán. Paula Bronstein/Getty Images

Las calles de las ciudades afganas de Kabul y Gazni se han abarrotado en estos últimos días por manifestantes que exigen una mayor protección civil al Gobierno. El motivo: la decapitación de siete personas de la etnia hazara, mujeres y niños incluidos, por parte del Estado Islámico (EI) o Daesh en árabe. Las manifestaciones, que han sumado a varios miles, han ofrecido un interesante panorama multicultural. La sensación de inseguridad en Afganistán es prácticamente crónica, pero las crecientes actividades del EI en territorio afgano parecen ser la gota que colma el vaso.

Desde el año pasado, los yihadistas han incrementado su actividad en el país centroasiático. No en vano, en el imaginario de Daesh, Afganistán se incluiría dentro del califato en la vasta provincia de Jorasán (junto a India, Pakistán, Nepal, parte de China, Kazajistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán y Kirguistán). Una actividad que se define, principalmente, en tres frentes: la captación de voluntarios afganos, el azote a los talibanes y la persecución de las minorías religiosas.

Efectivamente, al igual que otros territorios conquistados por los yihadistas, Afganistán suma ahora a su cotidiana combustión civil una amenaza creciente que afecta a uno de los conflictos más arraigados y enmarañados dentro de la sociedad. Sin embargo, no les está siendo fácil afianzarse en el territorio. La estrategia desde el año pasado ha sido similar a la ejecutada en Siria e Irak: intentar ganarle terreno al gobierno y al principal competidor  (en este caso, los talibanes en vez de Al Qaeda), mientras se pacta con tribus neutrales.  La presencia del EI es más poderosa en el sur, ...