El economista y premio Nobel reflexiona sobre las políticas erróneas, los desastres sociales y sobre si a él se lo pusieron fácil.

Mi familia era de Dhaka, actual capital de Bangladesh, pero yo estudié en Santiniketan, en una escuela de India. Mis primeros recuerdos, entre los tres y los seis años, son de Mandalay, en Birmania, donde mi padre fue profesor en los años 30. Me sentía casi como en casa en aquellos sitios.

Que la gente muera a consecuencia de la estupidez, o algo peor, de las políticas públicas es muy importante en mi concepción del mundo. La hambruna de Bengala de 1943, de la que fui testigo a los nueve años, fue en gran parte resultado de una política pública estúpida, en un año de una relativamente buena disponibilidad de comida.

[También recuerdo] los altercados de los años 40, que no tuvieron relación con la hambruna, sino con el empeño político de fomentar identidades disgregadoras. De pronto, personas que hasta entonces se habían sentido sólo indias, o sólo bengalíes, o sólo seres humanos, se redefinieron exclusivamente como hindúes o musulmanes. La ola de violencia pasó, pero dejó un montón de cadáveres.

Las democracias no suelen tener hambrunas. Con elecciones libres, es muy fácil derribar a un Gobierno por no evitar una hambruna. Los países con casos recientes –Corea del Norte, Sudán, Somalia– no tienen un régimen democrático.

La malnutrición es diferente. Puede utilizarse la democracia para combatirla, pero requiere mucha más imaginación. Respecto a la hambruna, con publicar una foto de una madre consumida con un niño esquelético en el regazo en la primera página del periódico, ya has hecho un editorial [contra las malas políticas]. Hay que trabajar más para obtener un editorial sobre la malnutrición, menos visible, que no mata de forma inmediata.

Ojalá pudiera ...