Arzobispo Desmond Tutu

ESTABA EN EL HOSPITAL CON TUBERCULOSIS cuando tenía 13 o 14 años. Había visto que casi todos los pacientes que tosían sangre acababan en la morgue. Recuerdo que fui al servicio y que de mi boca salió un chorro de sangre. Y cuando paró, me senté en el suelo y le dije a Dios: “Bueno, si voy a morir, está bien. Si vivo, también”. Y me envolvió una paz que no esperaba. Desde entonces, siempre digo que estoy viviendo un tiempo de regalo.

MI PADRE SOLÍA ENVIARME A LA CIUDAD para que le comprase periódicos o cigarrillos. Tenía unos ocho años. Recuerdo que me quedé impactado cuando pasé ante la escuela para blancos. Parques maravillosos, césped cuidado. Vi a dos chicos negros escarbando en el cubo de la basura del colegio. El Gobierno, con una lógica perversa, suministraba comida gratis para los blancos, y muchos de ellos tiraban los alimentos que recibían porque

preferían los que les habían preparado sus madres. Todavía puedo ver a esos dos niños rebuscando en la basura.

DEJÉ [la Comisión por la Verdad y la Reconciliación de Suráfrica] con algo que no esperaba: el estimulante hecho de que somos seres creados para el bien. Es una de las cosas más maravillosas. Cuando uno contempla los horrorosos acontecimientos que suceden en el mundo –en Darfur, en Birmania (actual Myanmar), en Zimbabue–, uno recuerda que hay muchos ejemplos de gente que hace el bien. Y la bondad triunfará a la larga.