El futuro de la OTAN

Tras el final de la guerra fría y los atentados del 11S, el escenario internacional presenta una serie de nuevas amenazas a las que la OTAN ha tenido que adaptarse. Entre 1949 y 1991, el objetivo de la organización era claro: disuadir a la Unión Soviética de atacar Europa Occidental con una doctrina de contención militar clásica. Hoy en día, los aliados atlánticos tienen una variedad de retos más difusos y que requieren nuevas respuestas.

Desde los atentados de Washington y Nueva York en 2001 y, especialmente, tras la masacre cometida por Daesh en París el 13 de noviembre de 2015, el terrorismo yihadista se ha convertido en una amenaza a tener muy en cuenta para la organización. En este sentido, el secretario general de la Alianza, Jens Stoltenberg, declaró recientemente en Zaragoza durante las maniobras Trident Juncture: “la inestabilidad y los riesgos del flanco sur están ya muy cerca de las fronteras de la OTAN”.

Concretamente, Stoltenberg se refería a la amenaza que representan grupos como Al Qaeda en el Magreb Islámico o Boko Haram en zonas como el Norte de África, Malí o Nigeria. De igual manera, los atentados de Daesh en París y su amenaza de nuevas acciones en otros puntos de Europa han hecho replantear el rol de la OTAN contra el yihadismo, ya que existe el riesgo de que estos grupos utilicen los amplios territorios que controlan como base para lanzar acciones terroristas.

La OTAN también ha condenado las violaciones del espacio aéreo turco por parte de aviones rusos, tras el inicio de las operaciones de combate en Siria de las fuerzas del Kremlin en octubre y, en especial, con el derribo del Su-24 el 24 de noviembre de 2015. Aunque tras este último grave incidente, la Alianza ha pedido a Moscú y Ankara que rebajen la tensión para evitar una escalada.

La reacción de Francia ante los atentados de Daesh en París ha levantado cierto debate, ya que no ha invocado el artículo 5 para la defensa colectiva como hiciera Estados Unidos tras el 11S, sino que ha recurrido al artículo 42.7 del Tratado de Lisboa de la Unión Europea y además ha buscado la colaboración de otros países como Rusia para una gran coalición contra el Estado Islámico.

Este movimiento del Gobierno de François Hollande ha dado lugar a varias interpretaciones. Por un lado, se considera que si París quiere contar con Rusia contra Daesh y recurre a la Alianza estaría obligando a los miembros a dar una respuesta conjunta, y los países del Este de Europa no estarían muy abiertos a colaborar con el Kremlin tras el renacer de la tensión debido a la guerra en Ucrania. Por otro lado, la colaboración en el marco de la UE no es tan vinculante como si se invoca el artículo 5 de la OTAN, ya que permite que cada Estado determine de manera bilateral con Francia cómo puede ayudar. Además, también se ha apuntado a los recelos históricos de París con la Alianza.

Las amenazas de actores no estatales no se limitan a grupos como Daesh, los talibanes o Al Qaeda. La OTAN comenzó a combatir la piratería en aguas somalíes en 2008, primero con la Operación Allied Protector, que luego se denominó Ocean Shield. La intervención está amparada en la Resolución 1846 del Consejo de Seguridad de la ONU. Hoy en día, los ataques en la región han descendido enormemente, pero se producen asaltos en otras zonas clave para la navegación mundial como es el caso del Golfo de Guinea. Por el momento la Alianza no ha mostrado disposición de intervenir en la zona y habría que esperar a que hubiera una petición de ayuda de algún organismo internacional como la ONU o la Unión Africana.

Otro riego es la nueva situación de tensión con Rusia, que ha propiciado que diversos autores hablen de si hay una nueva guerra fría entre la OTAN y Moscú. Aunque Jens Stoltenberg ha negado que en la actualidad se esté viviendo una réplica del enfrentamiento entre los bloques.

Las relaciones con Moscú sufrieron un empeoramiento con las revoluciones de colores y la guerra con Georgia en 2008, y las tensiones se han agravado en gran medida por el conflicto en Ucrania. Esta situación genera desconfianza en Europa del Este. Hay países miembros como Polonia, Estonia, Letonia o Lituania que temen que Moscú haga algún movimiento agresivo contra ellos.

Una muestra del crecimiento de la actividad rusa en la región son las incursiones de su fuerza aérea en algunos países de la OTAN. En los últimos años se ha producido un aumento de estos incidentes, unos 400 en 2014 y 250 hasta el 30 de julio de 2015. Este tipo de violaciones del espacio aéreo, particularmente en el Báltico, se ha cuadruplicado desde el inicio de la crisis en Ucrania.

En el contexto de las nuevas tensiones con Rusia, otra nueva amenaza es la denominada "guerra híbrida". Se trata del empleo de estrategias militares no convencionales (como el despliegue de militares sin identificación en un territorio) con acciones de inteligencia, ciberguerra y con presiones políticas y diplomáticas. En Ucrania se emplearon estrategias de guerra híbrida, en especial durante la anexión de Crimea. Se trata de un tipo de agresión que no puede considerarse “convencional” y que, por lo tanto, permita a la Alianza invocar el artículo 5 para acudir en defensa de un Estado miembro.

Aunque la ciberguerra puede formar parte de la guerra híbrida, lo cierto es que se trata de una amenaza de tal entidad que merece ser analizada por separado. En este caso, la OTAN sí que lleva tiempo teniendo presente este tipo de agresiones. Tras una serie de ciberataques contra Estonia en 2007, la Alianza se dio cuenta de que necesitaban dotarse de mecanismos frente a estas acciones, y en agosto de 2008 creó el Centro de Excelencia OTAN de Ciberdefensa Cooperativa con sede en la capital estonia, Tallin. Un paso más, fue incluir la defensa del ciberespacio en el Concepto Estratégico de la OTAN en la Cumbre de Lisboa en noviembre de 2010.

La ciberdefensa obliga a estar atentos a amenazas de diversa procedencia. Países como Rusia, China, Irán o Corea del Norte tienen capacidades probadas en este ámbito, y en ocasiones se les ha culpado de estar tras una serie de ataques contra empresas e infraestructuras de terceros países. Pero también pueden llevar a cabo acciones de este tipo algunos grupos no estatales, como terroristas u organizaciones mafiosas, al fin y al cabo, los costes de actuar en este terreno son relativamente bajos. Por ejemplo, se habla mucho de si Daesh tiene capacidad para realizar ataques en el ciberespacio.

Determinar la autoría de una de estas acciones puede ser complicado, y muchas veces se suelen imputar a grupos de hackers con un patriotismo excesivo, pero sin una clara vinculación con un gobierno. En cualquier caso, la Alianza señala como clave el desarrollo de las capacidades defensivas de los países miembros para hacer frente a estas amenazas.

Finalmente, otro punto a tener en cuenta es la proliferación de armas de destrucción masiva (WMD, con siglas en inglés). La OTAN advierte de que algunos regímenes, como Siria o Corea del Norte, pueden utilizar arsenales no convencionales para amenazar la seguridad internacional. La Alianza menciona los ejemplos del ataque del régimen de Bachar Al Assad sobre Ghouta o las pruebas con misiles de Corea del Norte.

La OTAN también señala el riesgo de que grupos terroristas se hagan con armas de destrucción masiva. Considera que conseguir armamento nuclear es muy complicado, pero sí que pueden acceder a arsenales químicos o bacteriológicos, almacenados en países con gobiernos débiles o que no controlan determinadas zonas. En el caso de Daesh en Irak y Siria, donde ya habrían conseguido gas mostaza y lo habrían utilizado contra las fuerzas kurdas.

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