En las economías avanzadas como la española, donde los costes laborales son altos y donde se cuenta con infraestructura, salud y educación adecuadas, estabilidad institucional y macroeconómica y mercados laborales, financieros y de productos razonablemente sofisticados y regulados, el crecimiento económico es una función directa de la innovación, de la capacidad de las empresas de combinar recursos y crear nuevos productos o servicios, nuevos procesos o nuevos mercados, en relación a otras economías avanzadas.

El futuro de la economía española y su capacidad productiva relativa a la de otras regiones dependerá pues de la calidad de su capital humano, así como del empuje de su tejido empresarial; de su capacidad de producir ideas valiosas en determinados sectores, así como de traducir esas ideas en empresas viables y competitivas. Ninguno de estos dos factores es sustitutivo del otro; cada uno de ellos es necesario pero no suficiente. El capital humano y las ideas son inútiles desde un punto de vista económico si no hay una empresa capaz de emplearlos de manera efectiva, y las empresas simplemente no pueden competir con éxito sin acceso a capital humano y nuevas ideas.

La crisis económica mundial ha puesto en evidencia las debilidades competitivas de España tanto en términos de actividad empresarial como de innovación en comparación a otras economías avanzadas, y es precisamente en esas áreas en las que se deberán enfocar los esfuerzos de las políticas públicas y de todos los agentes sociales en los próximos años. El objetivo no debe ser alcanzar niveles razonables en ambos aspectos, sino niveles competitivos. La clave estará en desarrollar ventajas competitivas, sostenibles y distintivas en comparación con otras economías avanzadas.

 

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