Los europeos y los estadounidenses pueden aprender unos de otros.

 













Chagin/Fotolia


 

Aunque al principio me parecía absurdo, tenía mucho sentido. Tras unos meses en mi primer trabajo en España no entendía por qué no caía bien a varios compañeros, hasta que un amigo me explicó que “no se puede entrar a la oficina todos los días con una sonrisa y decir siempre que estás bien.... Bueno, se puede decir que estás bien, pero siempre tienes que añadir algo malo, o la gente va a pensar que eres demasiado perfecta y les vas a caer fatal”.

Eso fue una revolución para mi mentalidad estadounidense. Cuando vemos a alguien y le preguntamos “¿cómo estás?” la única respuesta aceptable es “bien” o “muy bien”, porque realmente no nos interesan los problemas de los demás. Además, nos resulta de mala educación contar nuestros problemas a la gente que no pertenece a nuestra familia o amigos íntimos.

A lo largo de los quince años que llevo en España he aprendido muchas lecciones interculturales (tantas que, cuando estoy en mi país, me parecen raros  algunos de nuestros comportamientos). El resultado es que me vivo rodeada de actuaciones contradictorias por tener un pie en España y otro en EE UU y, aunque entiendo que vivir de forma indefinida en otro país no es para todo el mundo, sin duda las relaciones transatlánticas se podrían beneficiar más de las veces que los ciudadanos que viven entre las dos orillas cruzan el charco.

Ojalá mis compatriotas pudieran experimentar un sistema público de salud por sí mismos. Comprobar que se pueden controlar las armas, eliminar la pena muerte y vivir más seguros (no menos, ...