Después de casi nueve años en el país mesopotámico, salir de allí es una tarea mayor de lo que se piensa.

 









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El 16 de diciembre, unos Marines  arriaron la bandera de Estados Unidos en el aeropuerto de Bagdad y, con ello, pusieron fin oficial a la guerra de Irak. El conflicto, que costó la vida de 4.484 estadounidenses y al menos 100.000 iraquíes, terminaba con una discreta ceremonia, pero el proceso de salir de Mesopotamia ha sido todo menos tranquilo.

La salida de EE UU de Irak ha sido posible gracias a uno de los esfuerzos logísticos más amplios y complejos de la historia. Cerrar cientos de bases, empaquetar millones de piezas de material y dar la vuelta a buques cargueros, aviones de transporte y caravanas de camiones, todo eso ha representado una “tarea monumental”, según el general de brigada del Ejército Bradley Becker, que ha supervisado los últimos meses de la retirada.

Para comprender la dimensión de la retirada estadounidense durante los últimos dos años y medio, es útil repasar la enorme huella que EE UU había dejado durante más de ocho años de guerra. En los cuatro meses de preparación que precedieron a la invasión de marzo de 2003, el Mando de Transporte de Estados Unidos –el servicio interno de logística y transporte del Pentágono– llevó a la región más de un millón de toneladas de cargamento y a 258.000 pasajeros, mediante 3.900 viajes de ida y vuelta en aviones y 150 en barcos. Contando a los pilotos, las tripulaciones, los encargados de manipular el cargamento, los contables, los trabajadores de los almacenes y otros profesionales, la campaña de abastecimiento previa a la guerra dio trabajo a ...