El terremoto ha marcado un punto de inflexión en la trayectoria histórica de Japón que ya venía sufriendo la enfermedad propia de las economías y las sociedades muy maduras.

AFP/Getty Images
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Hace algo más de un mes que Japón se vio azotado por la peor crisis sufrida desde la II Guerra Mundial. Empezó con un terremoto de 9.0 grados y sigue aún abierta con la imprevisible evolución del accidente nuclear en la planta de Fukushima I. Desde pocas horas después del seísmo y posterior tsunami la atención ha estado centrada, primordialmente, en los errores y aciertos en la gestión de la catástrofe atómica, y eso ha eclipsado las consecuencias directas de una ola destructora que ha dejado, por el momento, 27.000 muertos y desaparecidos; una factura de reconstrucción del noreste del país -la zona más afectada- por valor de más de 309.000 millones de dólares (unos 216.000 millones de euros) y puede acabar con la inutilización de parte de la prefectura de Fukushima durante la mayor parte de este siglo.

El impacto humano, social, económico y político del 11 de marzo de 2011 ha marcado un punto de inflexión en la trayectoria histórica de un país que, a pesar de su riqueza y nivel de desarrollo socioeconómico, venía sufriendo una esclerosis múltiple propia de economías y sociedades muy maduras.

En 2010 China superó a Japón como segunda economía mundial. Fue consecuencia del dinamismo de Pekín y del estancamiento de la economía nipona, que había comenzado a finales de los 80 con el estallido de una triple burbuja: económica, inmobiliaria y financiera. Desde entonces el PIB japonés ha alternado años de bajo crecimiento con etapas de desarrollo negativo. Tras el terremoto de Kobe de 1995, y a pesar del temor a una mayor contracción de la economía, la reconstrucción de la ...