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Los líderes Luigi Di Maio
y Matteo Salvini en un graffiti en Italia. (TIZIANA FABI/AFP/Getty Images)

¿Cuáles son los pactos poselectorales posibles en el país?

Constituidas las dos Cámaras legislativas el pasado 23 de marzo, llega para el presidente, Sergio Mattarella, una de las tareas más difíciles a la que debe hacer frente como jefe de Estado: encargar formar gobierno. Porque la realidad es que, al tiempo que no existe ninguna fuerza con capacidad de gobernar sin recurrir al pacto, son múltiples las formas de lograr el acuerdo que lleve a la conformación de un nuevo Ejecutivo. Claro que una vez más se pondrán sobre la mesa los intereses particulares y no, precisamente, el sentido de Estado, y la solución definitiva puede ser cualquiera conociendo la manera de funcionar de la clase política italiana.

En ese sentido, el pacto de gobierno más sencillo y que además asegura una mayoría amplia (permitiría juntar más del 50% de los votos) es la formada por el Movimiento Cinco Estrellas, vencedor en las elecciones, y el Partido Democrático (PD), principal partido de la izquierda italiana. Debe tenerse en cuenta que, si el PD quedó catorce puntos por debajo de Cinco Estrellas (18,7% frente al 32,6% de los llamados grillinis, llamados así por su fundador, el cómico Beppe Grillo) fue, precisamente, porque el voto joven, y en particular el del sur del país (el llamado Mezzogiorno, formado por Basilicata, Calabria, Apulia, Cerdeña y Sicilia), se fue de manera masiva del PD a Cinco Estrellas, sobre todo como consecuencia del altísimo nivel de paro juvenil (estamos hablando de que en algunas regiones llega a superar el 40%) que afecta, y mucho, al castigado sur de Italia.

El problema de este pacto radica en la posición de quien ha sido el candidato del PD durante las elecciones, el ya exsecretario general Matteo Renzi, quien ya dejó claro en su momento que de ningún modo podían contar con ellos para formar gobierno. Aunque Renzi ya no dirige el partido y su lugar lo ha ocupado de manera interina el hasta ahora vicesecretario general, Maurizio Martina (que viene del ala más izquierdista del partido, frente a un Renzi que representa una posición mucho más moderada), a día de hoy Renzi controla la Asamblea General de la formación, que es a fin de cuentas la que tiene que aprobar los pactos poselectorales. En todo caso, de haber un posible pacto final, debe recordarse que existen importantes escollos para fraguar un acuerdo, destacando la derogación de la reforma laboral (la llamada “Jobs Act”), una de las reformas de mayor importancia de Renzi cuando era primer ministro y a la que el Movimiento Cinco Estrellas acusa de estar detrás del alto nivel de precariedad laboral. También resulta importante recordar que la posición del Movimiento en relación al proceso de construcción europea es más dura que la del PD, entre otras cuestiones porque ellos sí consideran abiertamente la posibilidad de volver a la moneda nacional (la lira), a sabiendas que teniendo su propia moneda pueden acudir al mecanismo de devaluación que en otros tiempos con tanto éxito se aplicó, mientras el PD de ningún modo cuestiona la validez de la moneda única.

No obstante, las primeras conversaciones entre partidos, y cuyo primer fruto ha sido el acuerdo para nombrar a los presidentes de las dos Cámaras legislativas (un miembro de Cinco Estrellas para el Congreso de los Diputados, por una senadora de Forza Italia para el Senado, destacando este último caso ya que es la primera vez en setenta años de vida de la I República que una mujer preside la Cámara alta), hablan de un pacto entre Cinco Estrellas (partido ideológicamente transversal) y la Liga de Matteo Salvini (formación históricamente de derecha en ocasiones intransigente), formaciones ambas que también suman más del 50% de los votos.

Así, ambas tienen en común su posición desafiante ante las políticas europeas, aunque no de la misma forma: mientras los de Di Maio (líder de Cinco Estrellas) quieren acabar, como ya hemos dicho, con la presencia de Italia en la moneda única, Salvini quiere ir más allá y de momento su posición es de la sacar a Italia de la Unión Europea, sin tener en cuenta, entre otras cosas, que la nación transalpina ostenta la categoría de “país fundador”. Y en este punto donde precisamente pueden chocar, porque debe recordarse que ya hace un año los de Di Maio intentaron pasar del grupo parlamentario formado por los partidos eurófobos al liberal, aunque finalmente no pudieron hacerlo porque una parte de los liberales se negó en rotundo a acoger en sus filas a los eurodiputados del Movimiento.

Lo que sí parece claro es que ambas formaciones también quieren mantener una posición de mucha mayor dureza con respecto al fenómeno de la inmigración: los de Cinco Estrellas, porque esos inmigrantes, donde primero llegan (y en no pocos casos se quedan) es a las costas de las regiones del sur; y los de la Liga, porque sus votantes se encuentran muy preocupados con el creciente fenómeno de la inseguridad ciudadana, que ya amenaza a las ricas regiones del norte a las que ellos representan. Y aquí es donde ambos encuentran un enemigo común: los países del centro y norte de Europa, que en conjunto se han mostrado bastante insolidarios, olvidando que el sur de Italia es, a fin de cuentas, la frontera sur de la Unión Europea.

El problema es que, más allá de todo esto, Cinco Estrellas y la Liga tienen poco en común, manteniendo profundas divergencias en torno a la visión de los problemas de Italia: para los primeros, el norte ha abandonado al sur a su suerte y ha permitido que la mafia tenga más fuerza que nunca; para los segundos, el norte debe dejar de subvencionar a regiones cada vez más improductivas que nada hacen por desarrollar nuevas industrias y generar puestos de trabajo. Así que da la impresión de que la negociación para formar gobierno resultará particularmente compleja y puede quedarse en el camino porque hay otras posibilidades que explorar.

A todo ello se añade otro problema no menos importante: si Cinco Estrellas fue el claro ganador de las elecciones, y debería ser por tanto a Luigi Di Maio a quien le tocara ser el nuevo presidente del Consejo de Ministros, resulta cuando menos tentador para Matteo Salvini, (una vez que Silvio Berlusconi ha reconocido su disposición a votarle como primer ministro, como también lo haría Giorgia Meloni, de Hermanos de Italia), dejar pasar la ocasión de buscar apoyos para que la coalición de centroderecha (que, recordemos, obtuvo más del 37% de los votos) se hiciera con el control del gobierno y, en consecuencia, que fuera él, y no Di Maio, el nuevo primer ministro italiano. Y saben que esto es posible, porque hay una parte del PD (la facción liderada por Renzi) que estaría dispuesta, no a votar a favor, pero sí a abstenerse ante una posible investidura de Salvini, aunque de momento la posición de Renzi y los suyos es un “no” rotundo al Movimiento Cinco Estrellas y a la Liga. El principal problema para Cinco Estrellas, en relación con el apoyo del PD, es que su situación es diferente a la de la coalición de centroderecha, ya que, mientras a los segundos les basta con el apoyo de la mitad de los diputados y senadores del PD para formar gobierno, en cambio los grillinis necesitan al PD al completo para obtener la mayoría de gobierno, situada en el 40% de los votos.

La situación resulta extraordinariamente compleja para un presidente de la República que goza de dos prerrogativas fundamentales: la primera, como ya se ha dicho, encargar formar gobierno; y la segunda, aún más importante, disolver el Parlamento y convocar elecciones si no se ve ninguna mayoría de gobierno clara. En ese sentido, para Mattarella llega la auténtica hora de la verdad para probar sus dotes de estadista, ya que el único gobierno anterior que tuvo que formarse bajo su presidencia (el encabezado por Paolo Gentiloni) Renzi se lo dio hecho, porque era prácticamente el mismo Ejecutivo que él había presidido y también contaba con los mismos apoyos parlamentarios.

Mattarella goza, en relación con ello, con las mejores credenciales posibles para resolver tan grave y compleja crisis política. En primer lugar, fue elegido en enero de 2015 por una amplia mayoría de parlamentarios (665 de 1008), lo que le otorga mucha autoridad sobre la clase política actual. En segundo lugar, porque además de ser miembro del PD, es oriundo del castigado sur de Italia (nació en Palermo en 1941), con lo que los grillinis saben que tienen en él un apoyo fundamental. En tercer lugar, porque es víctima directa del fenómeno mafioso, ya que su hermano Piersanti, por aquel entonces presidente de la región de Sicilia, fue brutalmente asesinado por Cosa Nostra en el año 1980. En cuarto lugar, porque sabe muy bien lo que es la alta política, ya que en los 90 fue ministro e incluso, a finales de la década, viceprimer ministro. En quinto lugar, porque conoce también el Poder Judicial, al que pertenecía cuando fue elegido presidente de la República. Si hay alguien que puede resolver una situación tan rocambolesca, ese es Mattarella, como también lo fueron en su momento Scalfaro (1992-99) y Napolitano (2006-14).

Además, Italia cuenta en esta ocasión con una ventaja con la que no contó en 2013: tiene aprobados los Presupuestos Generales del Estado (PGE) para el año 2018, además del apoyo de Mario Draghi al frente del Banco Central Europeo (BCE); y el país crece al 1,5% anual, cuando en 2012 perdía, en cambio, casi 3 puntos del PIB. Así que, a diferencia de 2013, hay mucho más margen de tiempo para negociar. Lo único cierto es que hay que prepararse para cualquier solución al actual panorama político, siendo los italianos unos auténticos especialistas en sorprender y en dejar en equivocados cualquier vaticinio sobre cuál será la fórmula de gobierno final.