La peligrosa tentación de Gobiernos y Estados de apoyarse en señores de la guerra, criminales, milicias y todo tipo de grupúsculos violentos para lograr propósitos geopolíticos y geoeconómicos.

Khalifa-Haftar_Conte
El general libio Khalifa Haftar con el Presidente italiano, Giuseppe Conte, en la Conferencia para Libia celebrada en Palerno, 2018. Tullio Puglia/Getty Images

Pueden ser gobiernos como el de Bashar al Asad en Siria, grupos paraestatales tales como Hamás, Hezbolá o los hutíes en Oriente Medio o señores de la guerra, bandidos, maras, criminales y hasta terroristas y mercenarios en una amplia gama que va desde los cárteles latinoamericanos y las guerrillas y milicias de muy distinto signo hasta los talibanes afganos, Al Qaeda, Daesh, el Ejército Nacional Libio comandado por Jalifa Haftar e innumerables grupúsculos violentos apenas disfrazados con algún mínimo discurso ideológico. Para quienes tienen alma de demiurgo y se sienten tentados de tomar atajos para lograr sus fines, todos ellos aparecen a sus ojos en algún momento como potenciales instrumentos útiles. Instrumentos de los que normalmente reniegan en público sus patronos, pero muy presentes en sus agendas como parte de un juego de alto riesgo que suele provocar los eufemísticamente denominados "efectos colaterales" que se ceban con la población civil y que, en no pocas ocasiones, acaban por quemar a quienes los promueven.

Ninguno de ellos, por supuesto, tendría espacio y acogida en un mundo ideal, donde la ONU no solo tendría la voluntad sino también la capacidad real para gestionar la agenda de paz y seguridad a escala planetaria, vigilando que todos cumplen las reglas de juego y castigando al que se las salte. Del mismo modo, tampoco los Estados miembros de la comunidad internacional les darían cancha, ajustándose en la defensa de sus legítimos intereses a no usar ni amenazar a otros con la fuerza, ...