Es demasiado tarde para que se salve el régimen sirio.

 











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Selmiyyeh, selmiyye”, “en paz, en paz”, fue uno de los eslóganes más contagiosos de la revolución tunecina. Lo gritaron en Egipto, donde, en algunos casos extraordinarios, los manifestantes contrarrestaron la violencia del Estado diciendo sencillamente a los policías que se tranquilizasen y no tuviesen miedo. En ambos países, las manifestaciones y huelgas, en su mayor parte no violentas, lograron separar al alto mando militar de la familia gobernante y sus acólitos, y se evitó la guerra civil. Además, las instituciones gubernamentales demostraron ser más fuertes que los regímenes que se habían apoderado de ellas. Aunque los opositores no tuvieron reparos en defenderse (con piedras, no con armas) cuando les atacaban, con el éxito de su movimiento de masas pacífico pareció que los árabes reivindicaban las estrategias de resistencia no violentas de Gandhi. Pero entonces llegaron otras rebeliones mucho más difíciles en Bahrein, Libia y Siria.

Pese a los más de 1.300 muertos y más de 10.000 detenidos, según los grupos de derechos humanos, todavía se oye selmiyyeh en las calles sirias. Es evidente por qué los organizadores de las protestas quieren que siga siendo así. El régimen, que controla las armas pesadas y tiene a los combatientes mejor entrenados, saldría victorioso de cualquier batalla campal. Además, la violencia alejaría de la oposición a las bases que la rebelión tanto está esforzándose en conquistar: la clase media alta, las minorías religiosas, los partidarios de la estabilidad ante todo. Quitaría la razón moral a los rebeldes y relajaría las presiones internacionales sobre el régimen. Y contribuiría a la propaganda de éste, que, en contra ...