Cómo una antigualla de cohete soviético duró más que el transbordador espacial.  

 

Michael Barratt, cirujano de vuelo de la NASA, llegó al centro ruso de entrenamiento de cosmonautas en la Ciudad de las Estrellas en 1993, cuando el programa espacial que en su día colocó al Sputnik y a Yuri Gagarin en órbita vivía sus horas más bajas desde que EE UU viajó a la Luna. La mayoría de las tiendas de este enclave situado en pleno bosque boreal a 32 kilómetros de Moscú estaban cerradas, sus estanterías vacías de comida. Barratt recuerda que durante un tiempo se pagó a los soldados que custodiaban el complejo con excedentes de salmón enlatado. “Muchos compañeros rusos llevaban meses sin cobrar”, recuerda.








Resultaba un final indigno para la que en su día fue la agencia espacial más avanzada del mundo. Rusia perdió la carrera espacial durante la guerra fría, pero ahora está a punto de ascender al liderazgo en el maratón espacial, aunque sea temporalmente. Cuando el último transbordador espacial aterrice este año en Florida, habrá dejado en órbita la Estación Espacial Internacional, un proyecto de 11 años, ya casi completado, que Estados Unidos –que ha sufragado 48.500 millones de dólares (unos 39.000 millones de euros) de los 100.000 gastados hasta la fecha– y otros países esperan seguir usando durante al menos otra década. Pero ¿cómo llegar a ella? El presidente de EE UU, Barack Obama, quiere invertir durante los próximos cinco años 6.000 millones de dólares en el transporte comercial hacia y desde la órbita terrestre, financiando a empresas que, según afirma, “competirán para que llegar al espacio sea más sencillo y asequible”. Pero sigue sin estar claro si lo conseguirán, y en cualquier caso a sus cohetes les faltan muchos años para poder transportar astronautas. Los chinos han lanzado algunos vuelos de prueba tripulados, e India espera hacer lo mismo en 2016, pero a día de hoy ambos siguen jugando en segunda división.

Así que sólo queda una opción: un vetusto cohete con cápsula llamado Soyuz –Unión– que los rusos llevan usando para lanzar cosmonautas al espacio desde hace casi cincuenta años. A partir del año que viene, los astronautas estadounidenses que pretendan llegar a la estación espacial primero tendrán que reservar un vuelo a la Ciudad de las Estrellas.

La abdicación estadounidense del espacio no ha sentado bien entre los nostálgicos de la guerra fría en el Congreso de EE UU, cuyas voces más sonadas, no por casualidad, provienen de los Estados costeros del Sur en los que la NASA y sus contratistas son grandes empleadores. Durante las tres últimas décadas, los vuelos espaciales tripulados de EE UU se han convertido en una aventura cada vez más cara, orquestada por una Administración estatal hipertrofiada y contratistas públicos sobrefinanciados. Mantener en funcionamiento el transbordador espacial cuesta unos 3.000 millones de dólares anuales, más de una sexta parte del presupuesto de la NASA.

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