Sigue existiendo un gran potencial, pero se necesita una estrategia más concertada y coherente.

Fotolia
Fotolia

Es un lugar común sostener que una de las grandes fortalezas de la Unión Europea consiste en su poder blando, incluso por encima de su corpulencia económica. Ninguna otra región del mundo puede presentar un expediente tan impecable (pese a todos sus déficits) en materia de valores humanistas, defensa de las libertades o civismo político. La caracterización de Europa como poder normativo da cuenta no solo de su respeto al Estado de Derecho, sino también de su sujeción a la racionalidad procedimental desde la que se articulan las leyes. La célebre máxima de Jean Monnet que afirmaba que “si tuviera que volver a empezar la construcción de Europa, lo haría por la cultura”, carecería bajo esta óptica de sentido, toda de vez que -en tanto resultado histórico- la cultura europea constituiría el presupuesto civilizatorio desde el que se levantó la Unión. No obstante, cabe preguntarse si la exigüidad institucional comunitaria en la esfera cultural no estaría socavando el afianzamiento de una conciencia de ciudadanía europea en la que, al cabo, se fundamenta el proyecto político.

Ciertamente, tanto la aprobación de la Agenda Cultural en 2007, a favor de las industrias creativas y la protección del patrimonio, como sobre todo el éxito de la becas Erasmus han servido para tonificar un sentido de pertenencia compartido, que sin embargo en la actualidad no atraviesa sus mejores horas. Sin menoscabo del empuje de las fuerzas eurófobas, acaso esta pérdida de atractivo resulte todavía más apreciable de cara al exterior, donde las potencias emergentes cada vez se muestran más interesadas en presumir de su capital simbólico. La ausencia de unidad en asuntos de política internacional, la ralentización integradora causada por la ampliación de sus miembros y, en los últimos años, las consecuencias ...