El emblema oficial de la Copa Mundial de la FIFA en Catar 2022 es proyectado en varios edificios emblemáticos de Catar y de todo el mundo árabe. (Christopher Pike/Getty Images)

El deporte permite brillar sin agresividad, posibilita dominar siendo popular y provoca admiración y reconocimiento. Por todo ello, se ha convertido en un elemento clave del poder internacional.

La instrumentalización de las competiciones deportivas al servicio del prestigio o de la propaganda de un país no es un fenómeno nuevo. ¿Acaso no utilizó la Alemania nazi los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936? ¿Acaso no lo hicieron Estados Unidos y la URSS con sus medallas ganadas para demostrar la superioridad de su modelo? ¿O Nelson Mandela, que usó la Copa del Mundo de Rugby de 1995 para promover la unidad del país tras el apartheid?

Pero, hoy en día, el deporte ha asumido un rango sin parangón en el panorama público del siglo XXI, lo que naturalmente tiene consecuencias en su impacto geopolítico. La globalización, sumada a la importancia que los medios de comunicación conceden al deporte, lo han convertido en un elemento de poder. La televisión por satélite ha liberado al estadio virtual de cualquier límite de aforo. Actualmente, un gran campeón o un equipo de deporte colectivo contribuye más al prestigio nacional, a la influencia de un país y a su notoriedad positiva que los grandes escritores, cineastas o actores. En un mundo en el que la información está cada vez más extendida y menos monopolizada por los gobiernos, en el que, exceptuando a Corea del Norte, todas las poblaciones tienen la capacidad de informarse, la hazaña deportiva se ha convertido en la forma más eficaz de generar popularidad y atractivo. Se trata de una demostración de fuerza que se percibe como positiva, y que permite conquistar los ...